Por Silvana Melo

A las dos de la tarde el sol había abierto todas sus ventanas. De lejos se oía la música y pensé que sonaba su voz grabada desde los equipos monumentales que, a la tardecita, lo replicarían en vivo para las barracas residuales, para el Riachuelo con su paraguas de neblina, para las casas tomadas, para el tren que pasaría fatalmente por atrás del escenario.

Fue apenas pisar las plazoletas de Belgrano para sentir aquello que todavía no me dejó. Y ya pasaron dos días. Un sismo en el cuerpo, una electricidad en la garganta. Y la certeza de estar parada en la cúpula de una quimera cuando lo vi: era él, era su cuerpo chiquito, su gorra y su voz en el medio del escenario. Probando sonido. Y hablándome, a mí, de esa serpiente que se atora con un trébol de mi sien. De la mía y de la suya. De esa serpiente a la que se le puede dar de masticar una paloma y envenenarla de mi bien. Del mío y del suyo.

Hasta luego, dijo.

Y  se perdió por atrás, dejando en claro que sonaría espectacularmente cinco horas después.


Hace casi ocho  años que vivo en Avellaneda. Y a las dos de la tarde del domingo 28 supe que las moiras me habían tejido el destino: yo vine a vivir a Avellaneda para poder ver a Silvio Rodríguez una tarde de octubre de 2018.

El, que me estuvo musicando la vida durante casi 40 años. Y yo nunca lo había visto. Nunca. Y casi había  perdido la esperanza. Como dijo Galeano, a los libros ya no los prohíbe la dictadura sino los precios. A Silvio también.

Lo que siguió a esas dos de la tarde fue una fiesta para mí. Y para cien mil más.

Pero discúlpenme todos: Silvio me cantó a mí. Fuimos él y yo con un marco excepcional y un acto partidario lateral. Pero fuimos él y yo.

A las cuatro de la tarde Cinthia García empezó a presentar teloneros. Emiliano Del Río y Patricia Malanca, para que después Bruno Arias hiciera cantar a los gritos que el pueblo unido jamás será vencido y saltar a los que se niegan a ser micifuces. El Che y la marcha peronista, Bolívar y #NéstorNoSeMurió, todos en la misma olla en una extraña alquimia de revolución y capitalismo que marea el estómago y la ideología.

Un grupo de universitarios cubanos muy jóvenes, envueltos en su bandera, compartían el hacinamiento compañero, el discurso de la solidaridad que se volvía disputa cuando no se sentaban los que estaban parados y tapaban un escenario a cincuenta metros. Mucho acento latinoamericano dando vueltas, mucha campera de Venezuela, mucho silencio cuando apareció Cecilia Todd y la tragedia de la América del sur se vino encima, a la hora en que Brasil tomaba una de las decisiones más dramáticas de la historia ésta, la nuestra, la que ahora viene a naufragar con dictaduras legitimadas por farsas democráticas.

“Nosotros vamos a hacer acá el mismo concierto que hemos hecho en todos lados”, dijo sentadito en su silla, con su guitarra y su gorra con visera. “Tal vez un poquito mejor”. Y sonrió, el tipo con fama de áspero. “Yo te quiero libre…”, arrancó. Y no paró hasta las diez menos cuarto. Dos horas y media de un concierto  extra-ordinario. Con un sonido increíble. Con una voz intacta. Parado en la isla árida de la coherencia. Yo me muero como viví. El mismo al que amo desde hace casi 40 años. Que no se corrió un paso de lo que fue. Y de lo que es. Y de lo que soy. Libre de la sombra, pero no del sol.

Lo que hubo antes casi no tiene importancia. Ni Cinthia García cantando desde el escenario Néstor no se murió / Néstor vive en el pueblo /la puta madre que lo parió. Ni los gritos desaforados de la compañera representante de algo así como la amistad argentino –cubana. Ni el discurso partidario del intendente de Avellaneda. Ni el panfleto de Atilio Borón. Ni el recurrente a volver vamos a volver. Ni el hit del último año que amenaza con viralizarse al mismo ritmo de la malaria, el que insiste con putas madres pariendo a gente fea, contrariamente a la oleada inclusiva en son de condena.

O las pintadas del lunes en las paredes con Cristina flanqueada por sólo  el amor alumbra lo que perdura.

Lo  cierto es que quien pagó dos lucas y pico para el Luna Park estuvo sentado. Pero no escuchó a Bruno  Arias ni a Cecilia Todd. No se conmovió con Jorge Boccanera hablando de Olga Aredes. Ni vivió esta locura de ocho horas de domingo exorcizando a Bolsonaro.

Porque Silvio cantó dos horas y media. Cantó y dijo. Como Guevara el humano / que ningún intelectual/ debe ser asalariado/ del pensamiento oficial. Unos cuantos deberían retorcerse con puntadas en el costado de la ética. Silvio cantó y dijo. Que era para los pibes de Malvinas (los que murieron de metralla pero también de frío y de hambre, los que no entendían por qué estaban ahí, los devastados de la guerra infame) aquella gaviota. Corrían los días de fines de guerra, /pasó una gaviota volando, volando /y el que anduvo intacto rodó por la tierra, /huérfano, desnudo, herido, sangrando.

Dijo que hay que quemar el cielo si es preciso. Dijo y deseó. Quien fuera  Alí-Baba, quien fuera el mitico Simbad, quien fuera un poderoso sortilegio, quien fuera encantador.

Y entonces se puso en los hombros de la esperanza a todas las mujeres. A todas las que sacamos los pañuelos verdes de las muñecas, de los cuellos, de las cabezas. Y los alzamos a ese cielo que ya estaba oscuro, azul y oscuro, mientras Silvio anunciaba que Eva sale a cazar en celo, Eva sale a buscar semilla, Eva sale y remonta vuelo… Eva deja de ser costilla. Y todas fuimos esa Eva que dejó definitivamente de ser para Adán la paridora pagada con pan. Y alzó los brazos para cambiar el mundo. Mientras él miraba a ese cielo y cantaba cuida bien tus estrellas, mujer, cuida bien tus estrellas, y que nunca las pierdas. Y venía esparciéndose desde atrás, desde los confines de Belgrano, desde los arrabales del mundo, el ulular de las mujeres, el revulsivo de un mundo que insiste en volverse horrible.

Tres veces volvió Silvio al escenario después de despedirse. Seis canciones cantó para los miles que no se iban nunca y no nos iríamos jamás. Porque una parte del corazón, la que será semilla, quedó plantada en las plazoletas de Belgrano, en el sur del conurbano, en la Avellaneda de las curtiembres, del óxido fabril y del olor del Riachuelo.

Una ochava del corazón quedó ahí, donde Silvio cantó gratis para mí. Y para otros cien mil que se enteraron de casualidad y asomaron el domingo por esta ciudad en la que no nací pero sí.

Silvio diciéndoles a unos cuantos debe dar tristeza y frío /ser un hombre artificial, /cabeza sin albedrío, corazón condicional.

Y a mí, para que repita: Mínimamente soy mío, ay, pedacito mortal.

Fotos: Kaloian Santos Cabrera