Por Silvana Melo

Hace tres años y cuatro meses, Ignacio Guido Montoya Carlotto descubría su tremenda identidad, empezaba a saber que debía estrenar un nombre largo y de doble apellido casi obligado y comenzaba la cuenta regresiva para dejar de ser Pacho Urban. El flaco que tocaba el teclado como los dioses, componía, Liliana Herrero le cantaba y era docente de la Escuela de Música. Y aluvionalmente se convertía en el Nieto de Estela. Desde ese 5 de agosto hasta hoy aparecieron doce nietos más. Hace apenas días, asomó la nieta 126 y él estaba en París. En el broche de una gira internacional soñada. Desde allí, con su serenidad proverbial y con Lola, su niña, aportando voces, habló con esta periodista sobre sensaciones, sombras, paternidades y nieteces.

-¿Cómo se mira y se siente la aparición de la nieta 126 desde París?

-Con esa mezcla de sensaciones que implica el acto de justicia de una familia que se reúne y también con el hecho saber, por haberlo vivido en carne propia, todo lo que significa y todo lo que le va a pasar después. Porque una vez pasada esta alegría y esta euforia inicial, vienen otras cosas, que también son alegres pero no eufóricas y otras que son muy difíciles. A mí me ha enojado mucho ver cómo rápidamente se viraliza la foto, el nombre, todo de una persona a la que hay que cuidar un poco más porque se está encontrando con algo que no sabe, más allá de que sabe que es una familia, no sabe cómo es esa familia, no sabe lo que viene, no sabe nada. Creo que hay que tener más cuidado y siento que no estamos a la altura de la delicadeza que tienen estos encuentros. Es una sensación de alegría, de justicia, pero también de honda preocupación, porque sé que después de esto lo que viene es muy duro.

-El tema de que todo se haga público, de que se viralice como virus, como una enfermedad que le pasa al otro, ¿es un mal de época?

-Claro, el hecho de que se haga viral todo es un gran problema. Y es un signo de nuestro tiempo. Una foto en una situación de aparente inocencia se transforma en una tapa de un diario y es una noticia relevante en cinco minutos. Y llega por whatsapp y todo el mundo empieza a hablar de eso. Por eso hoy hay que tener mucho más cuidado, más en estos casos. En el momento del encuentro la víctima final, que somos los nietos, no sabemos muy bien lo que nos está pasando porque no hemos estado preparados para eso. En ese momento de euforia parece que está todo bien, después la euforia pasa y quedan los problemas. Y en este país tan agrietado donde hay mucha gente que piensa por diferentes razones que estas restituciones son negativas, que son parte de cosas que les desagradan mucho, que tu cara esté en los diarios significa que mañana te cruzás con alguien que piensa distinto y por esa grieta horrible que vivimos en el país te ligás un insulto. Y que te insulten por la calle no es bueno. Por eso es tan compleja la situación de un encuentro.

-En tres años, después de tu propia aparición, fueron 12 nuevos. ¿Cómo creés que incidió esa movida enorme que generaste?

-Sí, 2014 fue uno de los años en que más nietos aparecieron. Fue un año de gran movilización. Este también viene muy bien. Han aparecido varios. Mi noticia fue generadora de muchas búsquedas y de que mucha gente que estaba con la duda de presentarse quizás activó y se presentó a hacerse el análisis. Lo que pasa es que es extraordinariamente alta la cantidad de análisis que se hacen en relación con la cantidad de encuentros. De cada mil, uno aparece. Es un acto de justicia.

-¿Cómo analizás hoy aquel momento, cuando era tan difícil mantenerse en eje y vos lo lograste?

-La verdad es que no sé si me mantuve tanto en eje. No sé. Fue muy difícil porque uno se encuentra en esos momentos muy rodeado de gente y en una soledad absoluta. Yo me encontré en una soledad que no conocía. Y con tu entorno inmediato, que es la gente que conocés, tu familia, tus amigos, también convulsionados como vos con la noticia. A medida que va pasando el tiempo vas tomando dimensión de las cosas y te adentrás en una complejidad que capa a capa cada vez es más profunda.

-Vos llegaste a la música como un pibe de campo que se acompañaba de los pájaros y las lluvias. ¿Sentís que en cierta manera la música te ha salvado?

-La música fue una salvación, siempre. Es para mí no sólo mi profesión y algo muy importante desde lo espiritual sino que además la música me ha enseñado a ver el mundo de una manera particular. Me ha dado una forma de poder aislarme un poco del mundo convulsionado que me rodeaba y de esa manera poder entender un poco mejor lo que me pasaba. Me ha ayudado a entenderme como una víctima también. Una de las cosas que cambió en mi relación con el arte, por tener poco tiempo, una vida más agitada, tiene que ver con el hecho de relacionarme más afectivamente con la música en general. Y en ese sentido eso también arrastró una relación más afectiva, más de piel con todo el mundo.

-¿Te costó sentirte víctima? ¿Fue un proceso?

-Me supe víctima siempre. Pero no en el concepto que se tiene de la víctima, como alguien sufriente: yo no tuve una vida sufrida. Yo empecé a sufrir muchas cosas que tienen que ver con quién soy, después de enterarme de la noticia. Porque es ahí el momento en que me instalo en la grieta y empiezan los tironeos. Yo antes no tenía mucha idea de nada, yo tenía una vida muy feliz. Me es muy difícil ponerme en el papel de víctima que sufre. Pero yo día a día sufro muchísimas cuestiones que tienen que ver con el lugar donde se me posicionó, no solamente al ser hijo de desaparecidos, sino el lugar donde se me posicionó políticamente, que no es un lugar mío porque a mí nadie me preguntó sobre eso.

-En estos tres años en que has sido hijo, nieto y flamante padre, ¿cómo sobreviviste a tanta transformación interna y externa?

-La paternidad es algo muy buscado. Y como es algo que le pasa a gran parte de la gente, uno tiene muchos espejos donde verse. Pero esta situación mía es tan particular que uno muchas veces no encuentra espejos. Pero hay que refugiarse en los afectos y seguir construyendo desde el amor en la medida en que se pueda.

-¿Qué ha implicado la llegada de Lola cuando fuiste un hijo y un nieto tan tardío? ¿Qué proyectás en ella, qué implica como semilla de futuro en tiempos tan duros?

-La llegada de Lola viene como un proyecto familiar, algo buscado y como buscado, preparado. Preparamos el nido para que ella llegue. Es otro paso que también deja un poco atrás los anteriores. No olvida, pero los deja un poco atrás. Por eso ya no estoy pensando todo el tiempo en el nieto restituido, que durante mucho tiempo lo estuve pensando pero cuando empezamos en la búsqueda de la niña Lola que está acá dormida en mi regazo, pasó a ser otra cosa. Pasó a ser la vida hacia adelante y no en ese atrás que estaba como anclado en el encuentro. Es una felicidad diferente.

-La transformación, el terremoto externo e interno se lleva puesta la institución familiar como la habías vivido de chico, donde habías crecido. Salvando mucho las distancias, Victoria Donda impulsó el enjuiciamiento y la condena de su apropiador pero a la vez lo visita en la cárcel porque no puede despegarse de que fue criada con amor. ¿Cómo analizás esa contradicción?

-Yo no sé cómo será con los demás. Yo la entiendo a Victoria. Es el padre, la imagen paterna es algo que se construye, no solamente biologicista. Si no, es pensar que solamente por parir o por concebir uno es padre. Uno es padre por muchas más cuestiones. Y la paternidad o maternidad se ejerce durante toda una vida. A mí me ha pasado algo así, pero desde la base de que yo los concibo inocentes a mis padres, los creo y los sé inocentes y hasta en alguna medida los sé víctimas. Cometieron algo que los excedió a ellos, tal vez el mayor error fue no decírmelo nunca. A nosotros nos toca mirar el mundo desde otro lugar, nada menos que cuarenta años después. Entonces mi mirada es diferente. Creo que la paternidad se construye y lo estoy aprendiendo ahora yo también.

-La posibilidad de esta impresionante recorrida internacional, más allá del talento que los que compartimos la ciudad con vos conocemos desde siempre, ¿tuvo algo que ver con que fueras el nieto de Estela? ¿Hay todo un recorrido terrible en algunas vidas para que las puertas más grandes se puedan abrir?

-No lo sé, a mí me gusta creer que no. Digamos. A ver. Porque si no yo pensaría que la única razón o gran parte por la que estoy en París es ser el nieto de. Y la verdad es que acá, por el mundo, sos el nieto de Estela pero si te tienen que contratar, te contratan por lo que tocás. O por lo que sos capaz de hacer. La gente paga la entrada para escucharte no para verte. Eso pasó en un primer momento, en la Argentina, que iban por la curiosidad. Ahora ya nadie va por la curiosidad. En ese sentido tal vez aceleró algunas decisiones personales, por ejemplo en un momento me dediqué a mi carrera ciento por ciento y dejé la docencia. Eso creo que fue lo que aceleró que pudiera estar haciendo esta gira tan grande. Para mí irme de Argentina para trabajar en otra parte está bueno, es alejarme un poco de mi contexto. Acá soy sólo un pianista, a veces se te acercan después y “mirá la historia que tiene”; como que viene en un segundo plano, no es que lo niegue, pero yo llego como músico primero y la historia mía está conmigo. Así que no sé cuánto tendrá que ver, sí sucede que en el arte de conversar, para quien vende el producto, en este caso mi manager, hay una cosa que es un paso ganado. Cuando llamás y decís te voy a ofrecer a fulano, la gente te conoce. Ya tenés captada la atención en algo que no tenés que venderle. Algo así como “es fulano de tal, el pibe ése que una vez pateó un penal y lo metió”; “ah, ¿sí? ¿Canta? Mirá vos…”

-Esta es una pregunta íntima y fundante… ¿nunca te cuestionaste ser hincha de River?

-No… nunca me lo cuestioné… es raro que haya sido tan futbolero. Hay una conexión ahí que es más literaria, mi abuela paterna y mi papá eran hinchas de River. Hay mucho hincha de River en la familia Montoya. Es un rito muy argentino. Fue una de las cosas más lindas que me pasaron, ingresar al mundo de River más cercanamente. Tuvo que ver también que a partir de mi encuentro vinieron unos años de mucha bonanza y fue muy lindo. Yo le guardo mucho cariño a la institucion por cómo se han portado conmigo. Dirigencia, jugadores, gente que labura en el estadio, me han llenado de orgullo y de alegría.

-El amor por River y la música fueron hallazgos del lado paterno. ¿Qué otras cosas has descubierto que heredaste, de una genética que desconocías?

-Bueno, está científicamente comprobado que esas cosas no se heredan. Genéticamente no se heredan. Sólo se genera una cierta predisposición. Hay mucho de relato ahí.

-A una le gusta pensar poéticamente que tiene que ver con la herencia y con el ADN. Pero ¿una predisposición a partir de gustos y vocaciones de gente que no conociste, que descubriste a los treinta y siete…?

-Es sólo poesía… (Se ríe) Me hicieron una nota en una revista de ciencia y tecnología. Me decían especialistas en genética que hay estudios sobre esto y que los gustos no se transmiten. Ni las profesiones ni nada. Sólo hay una ligera predisposición. Pero nada más que eso. Por eso yo rehúyo de estas cosas. Porque es un relato que tiene que ver más con la poesía que con la realidad. Es una feliz coincidencia, en todo caso.

-Me asesinaste la poesía con un golpe de cientificismo…

-¡¡Es mi yo pragmático!!