Por Carolina Muzi

“Existimos, existimos, existimos, en el crepúsculo y entretanto …”, van sus voces en tandem gótico a lo largo y a lo hondo de esta canción, cuyo título subvierte el homenaje del poema épico de Edmund Spencer: Faerie Queene, de 1590, a la reina Elizabeth de los Tudor. The Gypsy Faerie Queen, a dos voces con Nick Cave, quien también lleva el piano, es el corte que más profundo llega en este disco flamante: y no porque la baronesa (real) opte aquí por ser plebeya gitana antes que reina o hada, sino porque lo que reasigna desde su propia historia son cuestiones que vienen de antes de la edad media inglesa o europea, como el patriarcado.

Desde los años 60, cuando apenas tenía 18, en su biografía han tenido más eco otras ficciones nobiliarias que la verdadera que le viene en saga: títulos de falso privilegio como princesa o venus de los Stones. O el de denostación despiadada en las décadas siguientes: la yonki perdida del rock.

Contó en estos días de estreno que, cuando hace dos veranos le pidió a Cave colaboración para ponerle música a esta canción, él le contestó por mail: “Estoy muy ocupado”. “Entiendo, siento haberte molestado”, respondió Faithfull. El siguiente mensaje de Nick fue: “Muchísimas gracias por comprenderlo. Aquí está la canción. Es maravillosa”.

Marianne compuso la letra inspirada en el Sueño de una noche de verano, de Shakespeare. Su autenticidad lidera el impacto de esta canción, que además es su favorita de toda la placa. Ya había trabajado con Cave en un album: Before the poison, donde el australiano produjo algunos de los temas y cantó otro; la otra voz de mujer allí fue la de PJ Harvey. Otra bestia cercana a Cave pone lo suyo en el disco nuevo de Marianne: es la mala semilla de Warren Ellis, capaz de incendiar por igual cuerdas, vientos o teclas (como vimos en el show reciente que los australinos ofrendaron en Buenos Aires).

El nombre de la placa: Negative capability, contiene otro guiño en alusión a la frase del poeta romántico John Keats, para referirse a esa capacidad de los grandes escritores de captar una visión de belleza artística, aún cuando esta pueda hundirlos en la incertidumbre y la confusión. En un presente de dolor físico provocado por la artrosis en su cuerpo castigado y curado una y otra vez, todo el menú alterna sus viejos clásicos con preciosas nuevas canciones. Más que autobiográficas, son un testimonio existencial conciente, que saluda al tiempo que pasa para bien y para mal.

Hermosísima como va de suyo, al borde de los 72 esa voz reconocible de aquellas viejas canciones que, desde siempre, un poco bala, sigue logrando la inmediata rendición. Varios grados más áspera, o impermeabilizado de tabaco el tracto para el ingreso del aire, vaya a saber, resulta difícil de definir la operación del tiempo en su timbre. Pienso: lo contenta que se pondría una máquina reonocedora de voces si la probaran con la de Marianne Faithfull.

Nació en Hampstead, un barrio alto de Londres, hija del mayor Robert Glynn Faithfull y la aristócrata austríaca Eva von Sacher-Masoch. De hecho, entre sus antepasados maternos figura el autor de La Venus de las pielesLeopold von Sacher-Masoch, que inspiró el término masoquismo. Desde allí le viene el título nobiliario de baronesa a Faithfull, que tras la separación de sus padres, se crió como clase trabajadora en Reading, con su mamá.

Indomable y desetiquetada desde chica, Marianne pasó dos décadas en la evasión extrema, sonámbula en las consecuencias de aquello con que el sistema pretendía premiarla: ser la muñeca brava de los Stones. No habría que perder líneas aquí recordando su relación con Mick a los 18 años y su naufragio de heroína después, si no fuera porque en este nuevo disco, el número 21 de su carrera solista, canta una vez más su primera y más famosa canción As Tears go by. A la sazón, primer tema escrito por Jagger y Keith Richards en 1964, a poco de que el productor Andrew Loog Oldham la descubriera cantando en cafés del swinging London y obligara a los Rolling a escribir un tema ad hoc para esa voz inverosímil.

No sólo el éxito de aquella primera canción le deben los Stones a Marianne: Simpatía por el demonio se inspiró en el libro homónimo de Mikhail Bulgakov que ella le dejó a Jagger, tratando de incentivarlo en la lectura. En su biografía, Richards le agradece el estribillo de Wild horses, las primeras palabras que dijo la cantante al salir de una sobredosis: “caballos salvajes, no podrán arrastrarme de aquí”. También deberían agradecerle la letra de Sister Morphine

Come my way fue su primer disco, en 1965; Broken English, marcaría un gran éxito de crítica en 1979 y un cierre perfecto para la década. En 1990 Marianne apareció en el concierto The Wall – Live in Berlin organizado por Roger Waters tras la caída del muro. Cuatro años después, rompió la pared del silencio hipócrita.  Denunció todo el daño que le había provocado el machomondo rocker -al modo duro y honesto en que recientemente lo hicieron Lily Allen y la ex punk Viv Albertine, de The Slits- en su autobiografía: Faithfull, palabra que en español se traduce como fiel. Quizá el disco precioso y sereno que grabó en 1995, con música de Angelo Badalamenti, haya sido el descanso tras el desahogo de tan maltrago largo: A secret life. Tan subyugante su voz recitando como cantando.

Poco después, participaba en un álbum de Metallica y en el video de la canción The memory remains. De oir y ver su actuación.

Primera persona en decir fuck! en la pantalla grande -lo hizo en 1967 en la película mainstream I’ll Never Forget What’s’isname, con Orson Welles- ​el siglo XXI encontró a Marianne haciendo cine abordo de papeles gruesos como el de María Teresa I de Austria en la película de Sofia Coppola María Antonieta; y el protagónico en Irina Palm, encarnando a una mujer que empieza a hacer fellatios anónimas en un club de alterne para pagar el tratamiento médico a su nieto.

En el disco flamante no falta La balada de Lucy Jordan, una versión que Faithfull hizo a fin de los 70 sobre la composición del poeta estadounidense Shel Silverstien, y se conviritió en himno feminista antes de ser banda sonora de la película Thelma & Louise en los 90. Alguna vez Faithfull relacionó la empatía con Lucy Jordan al costo inmenso que fue desetiquetarse como ex de Jagger “algo que me costó muchísimo”. En clave electropop y con tono fatalista, canta en carne viva el deterioro mental de una ama de casa de 37 años atrapada en la rutina de marido, hijxs y tareas domésticas.

Hace no tanto, en 2013, Faithfull reveló en el programa de la BBC Quién crees que sos que, por muchas décadas, hasta entrados sus 50 años, no había podido tener sexo sin drogarse por el trauma que le heredaron su madre Eva y su abuela Flora, las dos violadas en Viena a la entrada del ejército rojo, al fin de la Segunda Guerra. “Ambas odiaban a los hombres: mi abuela dejó a mi abuelo, y no pudieron soportar aquel trauma, que me legaron. En los años 60 y 70 y 80 disimulé haciendo como que todo estaba bien pero no pudiendo intimar sin estar fuera de mí”, reveló. Se estima que fueron dos millones las mujeres violadas masivamente por los soldados soviéticos al entrar en Alemania. La atrocidad fue minimizada por Rusia en lo que quedaba del siglo XX. Y recién en la última década, tras las investigaciones del historiador Antony Beevor sobre la caída de Berlín, está habiendo un hondo revisionismo del tema.

Por estos días, a propósito de las entrevistas que dio entorno al lanzamiento del disco, frente a las preguntas por el nuevo feminismo, se rió un poco del #Mee too pero terminó diciendo que le da orgullo, que ya era hora: “las mujeres pasan su vida tratando de agradarle a los hombres!”. Y entonces profundizó sobre aquel odio a los hombres: “Mi madre era bailarina y actriz en Viena, ella y mi abuela se salvaron de los nazis por su cuna aristcrática. Pero cuando los rusos las violaron, mi madre quedó embarazada. Se hizo un aborto. Cuando quiso tener un bebé, conoció a mi padre y le pareció que sería un buen papá y me tuvieron. Se separaron cuando tenía seis años. Quizá si hubieran seguido juntos, yo no hubiera desarrollado ese odio por los hombres, pero lo pude superar”.

El salteado entre nuevas canciones y viejos temas simbólicos como Witches’ song (canción de brujas) del disco Broken english (1979) la confirma en la proa de ese mundo que, de algún modo, aún le debe reconocimiento a escala: “Pero si a los 17 cantaba como Nico antes que Nico”, ironizó Jude Rogers hace pocos días, luego de entrevistarla en su departamento de París para The Guardian.

En la misma nota, el músico Warren Ellis la abraza fuerte: “Canta a pesar de sí misma. Es como una punk rocker, siempre en problemas con el mundo a su alrededor. No ha sido nunca particularmente rock’n’roll, se mezcló con ese mundillo, pero luego iba al teatro, prefería estar entre las palabras y las ideas. Nada le gusta más que hablar de libros en la cena o el té. La adoro, amo a Marianne”.

Los ataques de 2015 a París, a cuadras de su casa, inspiraron el tema They come at night. “Todo está tan terrible y deprimente que trato de no pensar en política. Pero tengo que hacerlo a través de la canción”. También están presentes en este disco sobre el tiempo que no para, las partidas de grandes amigxs, como su guitarrista Martin Stone o Anita Pallenberg, con quien hablaba todos los días por teléfono. A ambxs les dedica un tema: Don´t go a Stone y Born to live a Anita.

Es bueno que este blend de su mejor cosecha, alterne una mirada sobre volverse vieja, la soledad y el amor, con otras previas sobre ser joven, la soledad y el amor. Marianne se quebró la columna en 2013, luego la cadera, tuvo problemas con la prótesis que le colocaron, y ahora debe operar su hombro, además de tener artrosis en el brazo y la mano derecha. Pero en enero, juntó a los colaboradores en París, en un Castillo a orillas del Sena y voilàNegative capability se grabó durante quince días, alternando las recetas de cada uno en la cocina.

Tiene un hijo, Nicolás, con quien recompuso su relación. Y tres nietos que la visitan y disfrutan charlas de música y literatura.

Ha dicho que esta es su placa más honesta: “una operación a corazón abierto”. Misunderstanding (malentendido) es el primer tema, que trenza su voz con la guitarra de Warren Ellis. Rompe el corazón. En septiembre, cuando lo presentó como adelanto de lo que llegaría esta semana dijo: “No hay nada como una verdadera dificultad para darte algo de hondura. He tenido terribles accidentes y estoy muy maltrecha. Esto ha cambiado mi vida para siempre. Tengo mucho dolor y he trabajado muy duro para fortalecerme para poder hacer mi trabajo. El gran milagro es que he podido hacer este hermoso disco”.