Por Silvana Melo

Están ahí. Los wichis en la plaza IV Siglos  de  Salta. Capital. Pidiendo  educación, es decir, futuro para sus  niños. En su propia lengua. Un amañado regalito estatal quiso hacerlos volver a casa. El  calor los  cocinó en el asfalto. La lluvia los  empapó. La policía  no les permitió guarecerse bajo los aleros del Cabildo. Les sacó los  hatos, las bolsas y las cajas con  sus cosas a la plenitud  de la lluvia. Muchos de  ellos  están desnutridos. Se enfermaron. Fueron a parar al hospital. La policía los  corrió de  todas partes. Y llegaron a decomisar una  motocarga con  alimentos y ropa que una mujer había donado.

“Es una fábrica de producir analfabetos”. Lo dice Octorina Zamora, niyat del pueblo  wichi, que sabe de estas cosas. Habla de la escuelita 4528 de Misión Chaqueña, donde los niños wichis no comen si no recolectan leña, no entienden si no les interpretan la lengua que habla el docente, tan extraña como sus dioses y sus laboratorios. No son fuera de la legendaria línea de su comunidad, no responden a la representación de belleza que pasea el  gobernador en Buenos Aires y son echados de los  techitos cuando llueve  a cántaros en la plaza IV siglos, donde se atrevieron a acampar para pedir una escuela digna para sus niños. Que hable su lengua, que cure los dolores de cabeza con sus plantas, que les dé de comer comida rica y no las sobras de un estado que los segrega y los desprecia. Que los libere al final de la  secundaria y que puedan ir a la universidad  y que estén a la  altura de cualquier criollo, de  los blancos, esos que dan discursos en las mesas de examen y les dibujan diez en las libretas. Y no tengan que volver al monte con el aplazo de una historia que nunca los incluyó.

Invisibles, exiliados en los confines de una tierra que les pertenece por derecho originario, se cansaron de pedir una directora  wichi para una escuela donde  van sus niños. Una directora que les hable en la lengua con la que crecieron desde tiempos a  los que no alcanza la memoria y no en el  español displicente que los deja fuera del mundo. No hay maestros bilingües en la escuela. Entonces, dice Octorina a Surgentes, “hace más de un mes la comunidad tomó la escuela ante las  irregularidades que había en el manejo de la dirección, que no rinde académicamente, que no produce  recurso humano. Sólo  traumas para los  chicos que cuando  consiguen ir a una universidad, tienen que volverse porque no rinden, no sólo por la mala base secundaria sino porque vienen mal de la primaria”. Ella tiene la piel de bronce, con los caminitos de la lucha que le surcan la cara. Tiene 60 años y se formó entre las  turbulencias de la vida. La  escuela, dice, “es un espacio  que los docentes utilizan como trampolín para jubilarse, el que está cerca de esa edad no hace vida con la comunidad, no hace vida con los niños”.

La coordinadora

“El Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología (de la  provincia de Salta) designará a la docente wichi, Ana Delia Villafuertes como Coordinadora de Educación Intercultural Bilingüe, con la finalidad de que se ejecuten proyectos que fortalezcan la enseñanza y aprendizaje de alumnos pertenecientes a pueblos originarios, en un trabajo conjunto y sostenido entre las comunidades y el Ministerio de Educación”, fue el comunicado con el que el estado provincial respondió a los wichis que se presentaron el  4 de enero en la capital, ésa tan linda que le venden al turismo, ésa  que destrata a la gente  que la hizo de  a  poquito, en los áridos caminos del último milenio.

Había sido Analía Berruezo, la ministra de Educación, quien se  presentó  en la toma y les prometió que habría respuesta  el 4 de enero. Ese día se movilizaron “a la ciudad  de Salta, a 230 kilómetros, pidiendo plata prestada, con mucho esfuerzo”. Pero “nos llevamos la sorpresa de que no nos recibió. Como todo funcionario cada vez que no puede solucionar un tema viaja o se encierra”. Entonces “decidimos acampar y esperar a que tenga tiempo para nosotros”. Mientras tanto, los atendió un ignoto funcionario de segunda línea que les respondió que les habían nombrado una coordinadora wichi. Y listo.

Octorina Zamora, niyat de la comunidad wichi, habló con Surgentes.

No hay wichis entre las  docentes. Son “todas criollas” y los  niños “no quieren ir a la escuela; la comida es  muy mala, nuestros hijos dicen que los  propios docentes les pegan, que salen y andan por ahí”, dijo Gabriela Díaz, miembro de  la comunidad, a Susa Peralta, en “Todas las voces todas”, FM Noticias 88.1. También “exigen a los alumnos que recojan leña, ladrillos, varillas, porque si no no les dan de comer”.

Octorina y Gabriela coinciden con que “la comida es muy mala, a veces les sirven crudo o quemado. Hemos averiguado que hay fondos para la compra de estos productos y hace varios años que viene pasando esto, no sabemos qué se hizo con estos fondos”. Otra madre de la comunidad, A. Herrera, dijo  a la 88.1 salteña que “los chicos no saben nada, no saben leer ni escribir, no conocen los números. Si no traen una brazadita de leña no comen. No queremos más eso para nuestros hijos”.

A ellas les duele el manejo del intendente de Embarcación, Alfredo Laya, que armó un combo de presiones políticas y de cooptación de los hermanos wichis que terminaron siendo piezas  de  un ajedrez fatal. Cuenta Octorina a Surgentes que una joven de la comunidad –habla de Ana Delia Villafuertes- que “se capacitó para ser directora, nació ahí, tiene su familia  ahí, no hay razón para que no lo sea”. Pero le hablan de las normativas y de los reglamentos.

La policía no les permite guarecerse de la lluvia. Clickee la foto para ver el video.

“Nosotros no quisimos que la joven recibiera esa oferta (la coordinación) pero hubo mucha presión, bajó línea el intendente, trajo gente de Formosa, un profesor cipayo, traidor –relata -, también gente  de la misma comunidad, indígenas que no tienen autoridad  moral para cuestionar la lucha, la hicieron aceptar, si no podía quedar cesante por haber tomado el colegio. La acusan de ser  la ideóloga. Usted sabe cómo se maneja el poder”, dice. “Fue un juego  sucio, los hermanos por primera vez  se levantan para buscar una mejor calidad educativa, entonces ella comenta que tuvo que aceptar porque la pusieron entre la espada y la pared”. Y aparece con declaraciones en el comunicado oficial.

No existen

Octorina, que busca una ducha prestada para bañarse en una Salta hirviente, averigua en los reglamentos y en las normativas pero en las leyes del blanquerío no existe la cuestión indígena. “Para nosotros tampoco existen ellos. No existimos para ellos y ellos no existen para nosotros”, dice  y el ceño, profundo desde los orígenes, transita la oquedad  de la historia.

Por eso ahora decidieron impulsar una Ley de Educación Indígena. “Hemos presentado un pedido  de  audiencia al gobernador. Ya no sólo  pedimos una dirección de la escuela. Queremos vislumbrar la interculturalidad. Si lo dicen ellos suena hermoso. Cuando nosotros queremos luchar por eso nos dan un palo por la cabeza”, sonríe Octorina. La licenciada Alicia Ramos, de la Multisectorial de Mujeres de Salta, decodifica décadas de lucha que a mediados de los  80 habían logrado desentrañar un  proyecto de educación intercultural, de orden parlamentaria, para rediseñar las  escuelas con población originaria. La primavera democrática traía aromas que se fueron marchitando hasta que caducaron en el Senado.  Era el expediente Nº C 035 A/84, “suscripto por los entonces diputados Sergio Sagia y Karin Mazzere del departamento Orán. Será  acaso una semilla  postergada de lo que puede venir.

Mientras tanto, el pedido más concreto es que se modifique la ley para que las maestras wichis bilingues puedan acceder a cargos de jerarquía, sin que aparezcan las presiones que pusieron a la docente wichi Ana Delia Villafuertes en una situación de extrema incomodidad. Ellas nunca pueden llegar porque “siempre tienen más puntaje las criollas que se formaron en ciudades como Tartagal, Orán, Salta. Las docentes wichis no salen de las comunidades, no hacen cursos”. Salta es la provincia con mayor cantidad de  comunidades del país. La interculturalidad debería ser una  necesidad. Sin embargo, la provincia está “profundamente atravesada por el racismo. Ya sea por las comunidades originarias o por los bolivianos que son también una gran comunidad”.

Cuatro siglos

El blanquerío los desprecia. Los lindos como  el gobernador Urtubey y su  esposa actriz de telenovelas. “Las docentes son parte del blanquerío”, susurra una periodista. Y el problema se anancha.

El nombramiento de Villafuertes es un regalo con moño y papel brillante que el Ministerio de Educación les sirvió a los wichis para convencerlos de que ya está. Mientras tanto, el Gobernador y su esposa llevan semanas de paseo por la costa atlántica para demostrar que hay estética presidencial de sobra. El resto es lo de menos.

En los mismos días, once del acampe, informaba la  Revista Norte que “en plenas vacaciones, (la ministra) Berruezo mandó a sacar el aula container como un nuevo intento de cerrar la escuelita rural en Orán. La Ministro no tiene palabra”. Pero sí coherencia.

Dicen los  periodistas cercanos a los wichis que “tenemos un ministerio de Asuntos Indígenas cuya titular se llama Edith Cruz. Fue y les dijo que como ella no los trajo, no esperen ni un vaso de agua. No hubo ni ayuda humanitaria. Los dejaron al abandono”. Esos mismos periodistas se juntaron para cocinarles al mediodía. A la noche cenan con  la red de Derechos Humanos.

La plazoleta IV Siglos está presidida por la estatua del Virrey del Perú. En diagonal se alza la catedral. Ni un obispo se cruzó. Aunque en la fiesta patronal del Señor y la Virgen del Milagro los  cura  les lavan los pies a  los caminantes, muchos de ellos miembros de la comunidades.

El gobernador habla en TN. Y dice  que su esposa sería la primera dama más divertida de  esta historia. Los que conocen dicen que “hace  tres años que Urtubey gobierna la provincia por whatsapp”.

En los  parajes  la salud se ausenta. No hay ambulancias. A los wichis y a sus hermanos les roban las tierras, les quitan el trabajo, los corren de sus reservas naturales. “Para el wichi el monte es el supermercado, es la farmacia”. Lo talaron y los desterraron. Se mueren de hambre y de  enfermedades evitables. Si internan  a un niño wichi en el hospital de  Tartagal toda la familia acampará afuera hasta que sane. Ese espíritu colectivo fastidia a  la institucionalidad dominante. los  médicos criollos se sienten ofendidos por su suciedad. No hay agua en las comunidades. Ni para beber. Toman de pozos contaminados y terminan en los hospitales. Un círculo perfecto de padecimientos. Los médicos  no les entienden. No hay traductores. No hay quien hable su lengua. No se esfuerzan en saber qué les duele.

Mientras tanto siguen allí. Menos que el 4 de enero. Diezmados, pero firmes. Anotando en los cuadernos de la esperanza, tercos e infinitos, la ley de educación indígena. El sueño intercultural. “Yo soy ex alumna de esa escuela”, dice Octorina a Surgentes acerca de sus días en el aula de Misión Chaqueña. “Tengo 60 años, yo nunca terminé la primaria; la mayoría de mi generación son analfabetos, y todos los que  me siguen… la escuela es una máquina de crear analfabetos”.

Pero está la dignidad. Y la cultura del blanquerío no la tiene en cuenta.