Por Silvana Melo

Tenía la estética eslava en la cara. Redondeada, rubia. Alta, de caderas pronunciadas. Aun le faltaba crecer un poco. A los 17 hay tramos del cuerpo que todavía no están pulidos como para siempre. El frío cortaba la piel y, de cuajo, las esperanzas. El febrero de 1943 era un invierno feroz en Yugoeslavia. Cuando Lepa Radić decía no y no y no y se ahogaba con su propia sangre y con su no irreductible a dar los nombres de sus compañeros.

Lepa Radić vuelve hoy a los 17. Después de vivir un siglo. O casi. Vuelve de los rincones de la historia, desde los desvanes donde son confinados los nadies, los ningunos, los anónimos que murieron en los páramos helados de la guerra. Cuando se trataba de trasformar el mundo o legitimar el infierno. Y los niños, sujetos políticos como nunca, se sublevaban en Varsovia. O a los 15 se enrolaban como partisanos para resistir esa Europa a punto de volverse una inmensa cámara de gas donde respirarían la muerte los distintos, los insurgentes, los revulsivos. Los mejores.

Lepa nació el 19 de diciembre de 1925 en la aldea de Gašnica cerca de Gradiška. Podría tener 94 años hoy si las moiras no hubieran acortado tanto pero tanto el hilo de su vida. Si no le hubiera tocado un tiempo en que la vida valía menos –diría León Felipe- que el orín de los perros. Si no le hubiera tocado un país que ya no existe, en un mundo viejo, frente a los que sacrificaron a seis millones de personas en pos del hombre perfecto, sin caderas anchas ni sexo circuncidado ni piel de café puro ni mirada gitana ni sexualidad alternativa.

Lepa era áspera. Con un carácter propio de los sobrevivientes. Con la ternura en las manos puestas sobre las plantas, sobre el barro, sobre  los animales. Después de terminar la primaria pasó por la Escuela de Artesanías Femeninas en Bosanska Krupa. Dicen que era  seria, trabajaba duro y complementaba la factura de sus días con literatura grande. Bebía de Maiakosvsky y esa poesía de  la revolución. Y lo llevó colgado del  alma desde que aquella tarde fatal de abril del  30 el poeta Vladimir se disparó en medio del  corazón. Mientras  tanto, fue el tío Vladeta Radić quien le marcó los caminos de la insurgencia y le puso el espejo donde mirarse justo en la rebeldía del movimiento obrero.

Los quince en la Yugoslavia de 1941 estaban lejos de los festejos y los oropeles. Lepa estrenó con la edad su membresía en la Liga de Juventudes Comunistas de Yugoslavia (SKOJ), pasillo que la llevó directamente al Partido Comunista. Y 1941, en un abril de once años después de que el corazón del poeta se partiera en mil pedazos, trajo como presente oriental la invasión de Yugoeslavia por parte  de las  potencias del Eje y la fundación de  un estado  de cartón, funcional a la dominación: el Estado Independiente de Croacia.

Pocos meses después Lepa y parte de su familia fueron arrestados  por la Ustacha, la policía paralela que buscaba la independencia de Croacia y tenía entre  su caja de herramientas las  metodologías  más  crueles. Este sueño  de la autonomía  croata volvió  a estallar, muerto el mariscal Tito, caído el muro y desgranada  la URSS, con una  de las  guerras más horribles  del siglo XX.

La piedra tallada que recuerda a  Lepa quedó en una  plaza periférica en Bosnia Hertzegovina. Tiene una cara de  adulta, de extrema dureza. Su martirio y su silencio no hablan de ella  con esa  estética.

Lepa y su hermana escaparon de la prisión de la Ustacha un mes después, apenas a horas de la Navidad del 41.

Su camino libertario fue  indetenible. Y en ese febrero helado de 1943, cuando la nieve se  hacía agua roja bajo el aliento de los caídos vivos en la batalla de Neretva, Lepa Radić decidió llevarlos a un refugio de Grmech. En la resistencia contra la Séptima División de Montaña Voluntaria de las SS lograron cazarla. Como a una fiera indomable de 17 años que había erizado los nervios de  los poderosos. En Bosanska Krupa la torturaron sin respiro. “No soy traidora de mi gente”. Se  turnaban para hacerlo. Al fin y al cabo era una mujer. “No soy traidora de mi gente”. En algún momento se  doblaría. Débil, como las mujeres. Un día, otro. Y otro  más. “No soy traidora de mi gente”. Y ella no habló.

Entonces la sentenciaron a muerte. La ahorcarían colgada de  un árbol en los campos nevados de la era más triste de  la humanidad. En su país, que dejó  de existir como sus  sueños. Que se fue junto con las pretensiones de hacer vida en un  mundo justo. Igualitario. Colectivo. Setenta y seis  años después esta tierra es tan sangrienta como  aquella, pero sin revoluciones en las  puertas ni soles  luchando por asomar en un cielo rojo que  promete. Si Lepa vuelve a los 17 en estos días de milenials del vigésimo primer siglo, el desaliento la  sentaría de prepo ante una laptop con dragonball y snapchat. Y un twitter para convocar a muchedumbres que resistan las políticas antiinmigratorias del  neonazismo europeo. Con sede privilegiada en Croacia.

Lepa soñaba con un mundo entero en comunidad. Pero hoy es  una tierra plagada de mojones nacionalistas gendarmes de las fronteras. Repelentes de  lo distinto. Xenófobos y talibanes. Segregacionistas e intolerantes.

Le exigieron por última vez que dijera los nombres a cambio de una clemencia incompatible con su  dignidad. “Mis camaradas darán sus nombres cuando venguen mi muerte”, dijo.

En un juicio sumarísimo la condenaron a muerte. Sobre  un tronco, mientras el ustacha le ataba la soga  al cuello Lepa gritó: “¡Larga vida al Partido Comunista y a los partisanos! ¡Luchen, pueblos, por su libertad! ¡No se rindan ante los infames! ¡Seré asesinada, pero ya vendrán quienes me vengarán!”

La  que gritó antes que la  soga le cortara el aire  tenía  apenas 17 años. Le  dieron la Orden  del Héroe del Pueblo  ocho  años después.

El mundo  sabe más  del genocida croata Ante Pavelic –Argentina tuvo  el privilegio  de  alojarlo  en  su huida- que de  Lepa Radić. La historia suele sostenerles estantes en la memoria a quienes no lo merecen.