Por Claudia Rafael

Fotos: Julio Menajovsky

Hay deudas y dolores que, tarde o temprano, se ubican en su exacto lugar. Durante 25 años, el fotógrafo y docente de la Unicen, Julio Menajovsky, estuvo macerando una historia que recién ahora adquiere su sentido más global. “Fue sentir que uno está en esta profesión para algo y que me había quedado esto a la mitad”, analizó en diálogo con esta periodista, recién llegado desde Nueva York, donde se inauguró la muestra “25”. Que en agosto llegará al CCK y en septiembre viajará a París. Impulsada por la dirección de Arte de la AMIA y, con un rol protagónico, junto a Menajovsky, de Elio Kapszuk y Gabriel Scherman, refleja 19 crónicas vitales que se entremezclan y se conectan de una manera u otra por hechos ocurridos aquel día del invierno del 94 en Pasteur 633. Sobrevivientes, ex compañeros de trabajo, hijos que perdieron a su madre, médicos que salvaron una vida o que, directamente, no pudieron hacer absolutamente nada ante la evidencia de la muerte.

Imagen emblemática. Caos. Rostros atónitos. Sobre la camilla, Germán Parsons. En la imagen de apertura de la nota, su autor, Julio Menajovsky posa con Lía, la hermana del joven muerto en el atentado.

Hoy y, de la mano de esta primera muestra personal, Menajovsky, cerró un círculo que había permanecido abierto durante un cuarto de siglo. Hacía exactamente un año que había llegado a su primera experiencia docente en la facultad de Ciencias Sociales de Olavarría para la cátedra de fotografía. Trabajaba en prensa institucional para la Defensoría del Pueblo porteña. Y temprano, en la mañana del 18 de julio de 1994 cubría una nota para la revista del ombudsman sobre desempleo. Una larguísima fila de aspirantes a un puesto laboral en la esquina de Corrientes y Ecuador. En pleno barrio de Once.

A las 9.53

Sofía Guterman perdió a su hija Andrea en el atentado. Sergio Knorpel a León, su padre. En medio de la desolación y la tristeza, se unieron, se contuvieron y formaron un vínculo de apoyo mutuo

Exactamente a las 9.53 escuchó una explosión. Pensó que se trataría de alguna estación de servicio de GNC -de tantas que se abrían en esos tiempos- que había volado por los aires. Después de unos minutos y con una parsimonia cercana al desgano comenzó a caminar en busca del estallido. “No salí desesperado como un bombero porque me imaginaba que iba a encontrar algo feo. Había un gen fotográfico que no me salió, que es esto de ir detrás de un incendio o lo que sea. Pero de todos modos fui uno de los primeros en llegar. A las dos o tres horas ya había una cantidad impresionante de fotógrafos. Me preguntaba ´¿qué hago acá?´. Sabía que no debía intentar ayudar. No se sabía qué había debajo y había cientos de personas caminando sobre los escombros”, reconstruye para esta nota.

Los minutos previos habían sido extraños. El recorrido en busca del lugar del estallido tenía condimentos particulares. “Cuando iba caminando, en Pueyrredón y Tucumán, me crucé con una señora gritando ´explotaron la AMIA, explotaron la AMIA´. Cuando fui llegando, se me empezaron a mezclar cosas en la cabeza. AMIA era el nombre que yo escuchaba en los velorios de mis parientes. ´Que había que ir a la AMIA a gestionar la parcela en el cementerio administrado por la comunidad judía´. Y se me cruzó pensar ´¿qué voy a hacer ahora si se muere mi viejo?´. Hasta ese momento no había tenido ninguna muerte cercana y no había tenido que ir a gestionar ninguna parcela en un cementerio. Era irracional ese pensamiento pero se me vino encima. Además, era ser consciente de que era un ataque antisemita. Y por más que no tengo una formación judía específica, no fui a ningún colegio judío, no hice el Bar Mitzvá, soy un judío cultural. Y no dejás de sentirlo. Con mi cámara, en esa situación, yo sabía que no podía hacer otra cosa por más que nadie me obligara. Saqué las fotos a medida que avanzaba. Y era cada vez un infierno más complicado. Vidrieras rotas, personas que estaban sentadas en el piso como aturdidas, heridos, ambulancias que entraban y salían, un chiquito en ropa interior que quería escaparse para algún lado y lo estaban agarrando, en estado de shock… Hasta que, al final, saqué la primera foto de un herido, que fue la única en la que actué con la cabeza un poco más fría. Fue especular -al ver que había una camilla, una ambulancia con la puerta abierta- que iban a pasar por determinado lugar y esperé la situación casi por instinto”.

Menajovsky sentía que “las otras fotos entraban en la cámara pero que yo no las sacaba. Yo no las buscaba. Porque no entendía. No sabía qué hacer. Era todo de una dimensión que nunca había vivido. Era mucha gente, muchos gritos. Unos corrían a un lado, otros hacia otro. Había olor a amoníaco en el ambiente y alguien que gritaba ´hay que desalojar, hay que desalojar porque esto está por reventar, se puede caer el edificio´. Entonces yo no pude organizar mi trabajo. Yo sacaba, sacaba y sacaba. Terminó ese día y cuando llegué a mi casa me vi yo en la televisión, entendí la dimensión que tenía todo. Supe dónde había estado, qué había pasado. A partir de ahí, nunca supe hacer nada con esas fotos. Más que tenerlas y darlas a quien me las pidiera. Y siempre sentí en relación a eso una deuda, algo inconcluso. Era sentir que uno está en esta profesión para algo y que me había quedado algo a la mitad”.

Tapa de Clarín

A media mañana de aquel fatídico 18 de julio de 25 años atrás.

Al momento de tratar de salir del infierno de calle Pasteur se topó con Eduardo Longoni, entonces jefe de fotografía de Clarín. “El no podía ingresar porque había un cerco y yo estaba del lado de adentro. Ahí se enteró de que yo había sido uno de los primeros en llegar y como buen jefe de fotografía se preocupó porque yo tuviera un material que pudiera terminar en otro diario. Y no en el de él. Supe que era una oportunidad. Las quiso ver y sólo le dije que si no las iban a usar, me avisara y las devolviera por si yo decidía hacer algo con el material”. Longoni llamó por handy para que velozmente un auto de Clarín recogiera el rollo. Por la tarde, Menajovsky fue al diario “y vi que ya estaba diagramada la tapa de Clarín con mi foto. Y eso me dio una visibilidad como uno de los primeros fotógrafos de la AMIA”.

Ana María es la mamá de Paola Czyzewski, que tenía 21 años cuando murió en el atentado a la AMIA. Estaba en uno de los ascensores del edificio: bajaba a buscar un café que le traía Jorge Antúnez, de 18 años, que trabajaba de mozo en el bar de la esquina. Gustavo y Ángel son sus tíos, la única familia que tenía en Buenos Aires.

Pasaron 25 años. Se hicieron algunas muestras en la AMIA con sus imágenes. Hasta que, en diciembre pasado, Elio Kapszuk, director de Arte de la mutual judía lo convocó para ser el hacedor de esta muestra. “El siempre insistió con que mis fotos eran distintas. Porque no eran escenas armadas. Porque se ve el caos. Porque no hay gente desesperada sino gente atónita con cara de perplejidad. Mucha gente amontonada. Incluso las define como fotos barrocas. Porque dice que si las ampliás, ves miles de historias chiquitas en caras, en gestos, en situaciones que ocurren al mismo tiempo y a los costados”. La propuesta fue la de propiciar el encuentro de personas que estuvieron relacionadas de distintas maneras en y por el atentado. El lenguaje de la fotografía sería el pasaporte. Y durante la producción, se acordó que sería “en estudio, con un fondo neutro gris, con fotos blanco y negro para evitar que se interpreten significados a partir de los colores, con gente mirando a cámara que obligue a leer a la persona quiénes son y por qué están ahí conmigo. Y que ese anclaje del epígrafe le dé sentido y se enfrente con la mirada de aquel al que está mirando. Por eso, todos están de frente y miran a la cámara”.

La idea era contar 25 historias a los 25 años. Pero, en verdad, “llegamos a las 19 y nos dimos cuenta de que ya nos empezábamos a repetir y que estábamos tratando de atarnos a la dictadura de la aritmética. Y cortamos en 19. La gente llegaba al estudio. Y después de contarnos la historia, llorar, reírse, corregirse entre ellos sobre dónde estaba cada uno, hablar del atentado como si hubiera sido ayer y emocionarse llegaba el momento de sacar la foto, abrazarme e irse y decirme “gracias”. Gracias de qué, pensaba yo. Quizás fue porque alguien les miró el dolor”.

Desde el dolor

Romina Bolan tenía 19 años cuando murió en el atentado. Caminaba por la vereda de la calle Pasteur, en dirección a la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Llegó al Hospital de Clínicas con heridas gravísimas y finalmente falleció. La operó el Dr. Pedro Ferraina. En esta foto, se encuentra con Karina, la hermana.

Entre los encuentros, se produjo una escena que los hizo temer haber cometido un error. Una de las convocadas era “una chica a la que le dijeron que su hermana llegó caminando, se sentó en la camilla y murió ahí. Esta chica llegó al estudio antes que el médico. Y dijo ´no sé qué hago acá. Lo único que quiero es verle la cara al médico. Porque le quiero preguntar por qué no hizo nada por mi hermana. Si llegó caminando ¿cómo no la pudo curar?. Nos miramos entre todos. Se lo dijo y el médico, con mucha experiencia y mucho tacto le dijo: ´yo no la vi llegar a tu hermana. Y en el estado en que la vi es imposible que hubiera llegado caminando porque le faltaba materia. Faltaban partes de su cuerpo y la medicina ante eso, no puede hacer nada´. La hermana se calmó y hablaron”.

Es en esos instantes que también se explican esas fotos. “Que volvieron a entrar a mi cámara como las del 18 de julio. Yo fui un facilitador de la imagen porque conozco la técnica fotográfica. Sólo tenía que decir: ´todo lo que tengas que decirme no me lo digas. Déjalo pasar por tu mirada y metémelo en la cámara´. El fondo estaba decidido, la luz estaba decidida, la distancia de las personas estaba decidida. Entonces si esas fotos dicen algo y parece que es así, es porque están habitadas por lo que puede producir una mirada, por lo que puede producir un instante captado por el oficio que uno tiene. Trataba de hablar poco para que no se me dispersara la energía. Y antes de hacer las fotos les explicaba que yo también era una historia. Porque esas fotos me marcaron y estas fotografías eran una posibilidad de salir de los escombros para hacer una imagen de lo que fui testigo pero contado de otro modo. Ese día de hace 25 años estábamos todos juntos en el mismo lugar y ahora nos volvemos a ver sin habernos visto antes. Yo aprovechaba ese clima emocional porque ahí estaba la imagen”.

Esta muestra y esas 19 fotografías hoy interpelan. Duelen desde la belleza de una toma. Incomodan. Y a 25 años de las 9.53 del 18 de julio que envolvió a la Argentina en el infierno vuelven desde los ojos y la mirada de unas pocas decenas de personas que se encontraron ante la lente de la cámara de Julio Menajovsky.