Por Silvana Melo

Mil millones de personas pasan hambre en el mundo. El 1% más rico acapara más riqueza que el 99 % restante. La tragedia de la desigualdad  atraviesa el globo. Mientras los 20 países  más  poderosos del mundo estuvieron representados en Buenos Aires, en el ombligo de la Argentina, y en el  gallinero remoto del mundo. Donde  vienen un  rato los presidentes a discutir su propio poder global, su fálica capacidad comercial. Muchos de  ellos sin saber siquiera dónde vinieron  a discutir. Dando la espalda soberanamente a la América Latina: apenas con  dos representantes en la puerta de salida de sus gobiernos, apenas con el aporte del escenario, la pobre América Latina, hambreada de representatividad, ninguneada en su morenidad vergonzante para la blanquitud de ínfula europea. A  la mayoría  de  ellos, los que vinieron y ni saben  dónde, sin importarles absolutamente nada la desgracia de miles de millones de cuyo destino planetario se  ocupan displicentemente. En realidad, se ocupan del destino del 1%. El 99 restante es un fenomenal basural a cielo  abierto.

Para recibirlos –a los ricos, a los poderosos, a  los blancos- hubo que hacer limpieza. Quitar  del medio a la gente, al que camina, al que anda, siente, sufre, al que olvidan y al que castigan todos los días en la Ciudad. Váyanse desde el jueves, mandó la Ministra. Y rodeó la ciudad de tanques, patovicas yankis con armas temibles, aviones rusos y blindados chinos. Y a los  otros, a los más de 4500 mujeres, hombres y niños que viven en las calles, en los escalones de los monumentos, en los umbrales de  los comercios cerrados, en las portadas de los bancos cuando cierran, en los bajos de las autopistas, a ésos les mandaron la metropolitana y las combis de  la Ciudad, ploteadas de En todo estás vos, salvo que seas pobre, marginado, lumpen, en situación de desgracia, impresentable. Y no quedó uno solo a la vista de la visita, con la que tampoco se habló de derechos humanos aunque el Príncipe Saudita esté acusado de crímenes horrendos y del prontuario del resto de los más poderosos mejor no preguntar.

La semana –de  domingo a domingo- fue tan rara, que dejó la impresión de que se perdió territorio. Además de todo aquello bien  concreto y firme que se perdió, como  soberanía, judicialidad y justicia, certeza de que por acá (sur del conurbano) no podría jamás haber un terremoto y de que nunca en la vida podría jugarse la final de la Copa Libertadores de América en  la madre patria de la que los libertadores nos libertaron. Rara, como  encendida la  semana.

Se perdió territorio porque el viernes y el sábado la capital federal dejó de  ser de sus habitantes y de los millones de trabajadores que diariamente la superpueblan. Fue un vacío armado, una embajada  del poder mundial. Un coto blindado donde, quien entrara por tierra o por aire, podía ser fulminado por disposiciones legales. O legítimas para ese poder mundial.

Y se perdió  porque la cancha de River no pudo albergar el partido  de vuelta de la final de la Libertadores. No pudo porque la Argentina no puede con los barrabravas que comparten poder y gobierno con las policías y las dirigencias, que a la vez que son políticas son parte de los clubes. Una alquimia temible que siempre, fatalmente, termina mal. Una sociedad  mafiosa intocable, porque los que simulan estar lastimados y ofendidos son parte. Porque no es que la Argentina no puede garantizar la seguridad de un partido  de fútbol. Es que no quiere. Es que está entrampada en una telaraña electrificada y todo lo que toca fulmina. Porque la única detenida después del desastre de quince días atrás fue una mujer que envolvió a su nena con bengalas para poder ingresarlas en el estadio. En dos días tenía una sentencia tras un juicio  abreviado.  Nadie más es culpable de  nada. Es  impresionante la justicia a veces.

Aunque en el caso de Lucía Pérez y Santiago Maldonado, que murieron en  circunstancias  aterradoras, nadie los mató. Habrá sido un misil ruso. O saudí. Hasta chino. Es impresionante la justicia a veces.

Mientras el glamour mediático se ocupó de las primeras damas –ni siquiera se sabe bien qué se acordó, qué se consensuó o apenas fue la foto de un circo donde Trump tira objetos al piso y se enoja en su show personal- que mostraron sus vestidos y hablaron de cocina y huerta orgánica con Juliana Awada que de  eso sabe mucho. Aunque es posible que Brigitte Macron no haya perdido el tiempo le pasara directivas por whatsapp a su marido, porque ella es la que corta el bacalao. O la baguette. Ambos, en realidad, se dieron una vuelta por el Parque de la Memoria. Porque saben –Alice Domont y Leonie Duquet mediante- que hay una Argentina oculta más allá de la tilinguería for export.

O tal vez Sophie Grégoire Trudeau, la esposa del mandatario de Canadá, feministas  los  dos, que consideró más importante averiguar por qué todavía en la Argentina no hay aborto seguro, legal y gratuito que las historias del asesoramiento de Antonia sobre el presupuesto de Aerolíneas.

Mauricio Macri, por su lado, no esperaba cuando postuló a Buenos Aires, que el presidente de Estados Unidos fuera Trump. Ni que el mundo estuviera tan ajado –empezando por el país- ni que EEUU y China estuvieran tan  enfrentados que un mínimo acuerdo es una quimera. Y en el que Trump –Hillary no lo hubiera hecho  jamás, piensa Mauricio- dejó entrampada a la Argentina en una declaración contra China que no quería asumir de ninguna manera: depredadora económica dijo Trump que habían dicho con Macri sobre el paisazo oriental. Y todos se quedaron helados.

La Bestia de Trump, estacionada en la Rosada

En la Argentina –hay que avisarles a Trump, a Putin y a Xi Jinping que estuvieron en la Argentina- sólo siete personas tienen más de mil millones de dólares. La primera dama de este país llevaba ayer de paseo a las chicas que están de visita al MALBA (el museo privado,  pago, de Eduardo Constantini, quien hace poco lamentaba haber dejado de ser billonario después de la crisis devaluatoria). ¿Por qué  no a Bellas Artes, que es una maravilla? Se lo pregunta Patricia Kolesnicov nada menos que en Clarín. ¿Por qué prevalece lo privado a lo público? ¿Acaso por el ultraliberalismo de la cumbre? ¿Acaso porque los únicos representantes de una América Latina -que se soñó patria grande y un día se despertó- fueron el mexicano Peña Nieto –el que un día antes de dejar el gobierno firmó el NAFTA con Bush- y Michel Temer, feísimo presidente de Brasil a punto de abdicar frente a Bolsonario? ¿Acaso porque la verdadera cultura es aquella que pagan los privilegiados? ¿O porque temían que un par de empleados pusiera un cartel de protesta frente a las consortes y finalmente se enteraran de que todo  no  era tan brillante?

Por acá pasaron los  mandatarios del mundo sin dejar un  solo beneficio para  los  45 millones de este  sur remoto.  Que está tan lejos que a Angela Merkel le llevó más de dos  días volverse y llegar en un avión de línea.

Y muchos de ellos –menos Trump y Xi Jinping, a quienes no les interesa otra cosa que quedarse con el dominio del mundo- podrán espiar el Boca – River arrancado a los fanas locales, que se pasaron la vida cocinando ese amor por un  equipo, soñaron con una final impensable, ahorraron, compraron las entradas y les robaron el espectáculo de sus vidas. Y que se juega en Madrid, como para que no necesiten andar pintando tres carabelas  más para reafirmar el imperio sobre la América Latina tan magra de justicia.

Tan loca fue la semana, que hubo gente que quiso  ser políglota  e  hizo  el ridículo (al límite del per la nena camone con el que Enrique Pinti se burlaba de la argentinidad  vivaracha que se  estrenaba en Europa con el uno a uno). Hubo protocolos fallidos que dejaron al Macrón francés y su potente esposa sin nadie que los recibiera. Hubo quienes se confundieron de chino  e  hicieron tocar la banda cuando bajaba del avión un oriental que no era Xi porque “los chinos son todos iguales”. Si China decide vengarse de todos los desplantes de estos dos días, habrá que agarrarse.

En la madrugada del viernes once chicos de entre 2 y 10 años fueron  sacados por la ventana de una casa de La Boca a la que la policía entró disparando balas y gases para desalojar a las nueve familias que vivían en una estructura típica de conventillo. Hay 180 desalojos en marcha en La Boca. A metros de la cancha. A pocas cuadras del blindaje del G20. De los carros chinos, los aviones norteamericanos y los marines que les piden documentos a los ciudadanos de acá.

Será por eso que el mismo viernes a las 10,28 se  movió el  sur. El sur de capital y el sur del conurbano. Que es la zona más marginada, más olvidada, más pobre y más desigual. Fue un  terremoto de 3,8 de intensidad. A quien no  se  le movió el piso, sintió un mareo del estilo  del vértigo ingobernable.

Los diarios recordaron el sismo y el tsunami en el  Río  de la Plata en 1888. Cuando no había G20 ni desalojos en La Boca. Pero no dijeron nada de la convulsión de la pacha cuando supo que cerraban la causa por la muerte de Santiago y que las limusinas negras de Donald y Vladimir cargaban nafta en Libertador.

El 82% de la riqueza mundial que se generó en 2017 fue a parar a manos del 1% más rico de la población global. El 50% más pobre –3.700 millones de personas– no recibió nada.

En 2017 se produjo en  el  mundo un nuevo milmillonario cada dos días. En sólo doce  meses la riqueza de los elegidos aumentó en 762.000 millones de dólares. Con esta cifra que no entra en la cabeza de los comunes mortales, se podría haber terminado  con la pobreza extrema en el  globo hasta siete veces. Pero el 82% de esa riqueza fue a parar al 1% del  mundo.

En 2050 no va a quedar agua potable en  el globo.

Sólo en 217 años se podría cerrar la brecha salarial entre hombres y mujeres.

En América Latina –en cuyos pies se reunió el G20- el  10% de la población se queda con el 68 % de la riqueza total. El 50% más pobre accede apenas al 3,5%. Todas son cifras de Oxfam.

Muchos de los países que en 2015 se comprometieron a reducir la desigualdad pasaron por la Argentina en estos días. La desigualdad aumentó. Ellos se disputan el  poder mundial. Y sacaron a  las calles desiertas del centro porteño los autos blindados con los que se mueven por este territorio tomado: La Bestia II de Trump y el Aurus de Putin; los propietarios globales que juegan a ver quién tiene la limusina más  grande.

Uno de los peor clasificados en esta  lucha es  Estados Unidos. El mismo que suele enojarse y pegar un portazo a la hora de firmar acuerdos sobre cambio climático. Que, vale aclararlo, no es un cambio azaroso, sino el resultado de los  desastres que perpetran cada día los países más industrializados.

La buena de Cristine Lagard le dejó un video de despedida a Mauricio: es el mejor G20 en el que estuve, le  dijo. El lloró. Otra vez. Pero menos que nosotros: lo que es espléndido para Cris, será una desgracia para los días que vengan.

Antes del final, en los pasillos del G20, los mandatarios argentino y español hablaron sobre el Boca-River. Los madridistas agotaron las entradas y ya se revenden a mil euros.

Nada puede haber más importante para este pequeño poder de  acá. Ni más anestésico –creen- para las rabietas populares.

Tal vez se estén empezando a equivocar.