Por Silvana Melo

El mismísimo Vinicius dijo, con esa voz pequeña y monocorde, que la tristeza no tenía fin. Sin embargo, la felicidad sí. Cuando es colectiva la felicidad tiene surcos. Se agrieta como los labios de los afiebrados. Canta pero duele. La alegría suele ser la risa de la felicidad. La alegría es el baile de los pueblos. Es la nitidez o la apariencia de los que gobiernan. Es el disfraz de los apócrifos. Es la revolución de los reformistas.

La arquitectura histórica de la felicidad ha sido dibujada por el peronismo. Que la ha sabido alternar con períodos  de tribulaciones populares que arden todavía desde la historia reciente: el peronismo sabe ser una hidra de varias cabezas para la oferta que todos esperan. La derecha, la izquierda y el centro. La felicidad y la desdicha, con el mismo sello. Y hasta la medianía desapasionada, si eso fuera posible en el espacio donde fue pez  en el agua Evita. Y donde  CFK sonríe en el territorio ajeno que es la Feria del Libro para dejar en claro que para neutrales, los suizos.

Venían grises y sombríos los tiempos de un año electoral, de un otoño de  calefactores apagados, de tanta familia durmiendo en la calle cuando cierran los bancos. Con la rémora del dólar  en alza y las tasas dispendiosas en los mosaicos del hall. Justo donde se apoyan los  colchones con la goma espuma al aire, desnuda como esta vida desnuda.

Venían grises y sombríos los días con la vidriera poblada de  Macris, Vidales, Lavagnas, Urtubeyes, Pichettos, Carrioses y todas las ofertas vectoriales de la derecha encendida, insensible, naufragada pero viva; lacia, soporífera, mayoritaria pero vacía, avalada pero vergonzante, sustentada pero adentro, sin calles ni plazas ni musiquitas en las piernas.

Venían grises los días hasta que el 9 de mayo Ella, la que habían dicho que Le ganaba, se  sentó en la Feria del Libro flanqueada por la presidenta y el ceo de la editorial. Con mil delante, elegidos y monitoreados. Con miles en el patio y pantalla gigante. Y otros miles de miles en la avenida Sarmiento, bajo la lluvia y el frío, pero mirándola en la imagen led que la hacía enorme frente a  la pequeñez y al anonimato de la calle.

Hubo una sonrisa enorme esa noche, dispersa y esparcida por la tierra, de norte a sur. Desde las doñas con sonrisa de pocos dientes y bolsa del Carrefour en la cabeza, desde los pibes morochos y de visera a la nuca que  en cualquier esquina los levanta la policía, desde los laburantes con ropa goteada de pintura y cemento que cargaron la mochila y se fueron para allá, sin bañarse siquiera. Desde las viejas desafiando a la neumonía que cuentan en el monedero las chirolas de la jubilación para amas de casa que les dio ella. Y que el otro siempre amenaza con retirar. Desde todos ellos hasta las y los que miraron desde casa, en el regreso de las cadenas nacionales esta vez desde los medios hegemónicos, sin contarle a nadie  sobre esa sonrisa que no es admisible porque no le  creen ni le han creído  ni le creerán pero la  sonrisa aparece y es imposible no sentarse a verla.

Eso es un filamento de la felicidad.

Aunque ella no incendió nada ni prometió  la revolución. Ni mucho menos.

Nueve  días  después, a la madrugada de un sábado, ella relató entre susurros sus días de mayo. Y en  el medio, con imágenes que no eran su rostro, dijo que habría fórmula. Y, con su pulgar de uña larga, pintada e impecable, frotó la piedra del encendedor sobre la mecha de la bomba.

La irrupción de  Alberto Fernández como presidente y Cristina como vice fue un vendaval. Que desplazó al resto de los terrenos seguros que creían pisar, despeinó a Lavagna, provocó reflujos en Macri, pulverizó la alternativa federal, descosió los trajes y les quitó alfileres a las sonrisas.

Inmediatamente la grieta comenzó a ser objeto de estudio. Es que Alberto parece venir a romperla, masticarla, rumiarla y escupirla ya inerte. Y a  estropearles la vida a quienes venían a existir de ella. Massa, Lavagna, Pichetto, Urtubey, Schiaretti y tanto insensible que habla de la gente.  Alberto Fernández, que  no es Aníbal y tampoco El Alberto, tiene un nombre y un apellido tan abundantes como desconsiderados por frecuentes. Fernández Alberto no forma parte  de la minoría intensa que militó la grieta desde la primera rajadura sino todo lo contrario: fue el que huyó cuando se le empezó a abrir a los  pies. Por eso lo molieron convenientemente en todos los espacios donde se licuaban opositores. F.A. fue  crítico y reprochista de casi todos los tesoros políticos de  CFK. Se convirtió en armador de Randazzo primero y de Sergio Massa después. Y promete  traérselo a casa, a Sergio, como prenda de unidad.

Sin embargo la minoría intensa, que se atragantó con las quimeras en medio de la garganta de este mayo, salió a festejar y a remontar  el barrilete de la esperanza a pesar de todo. A pesar de que el que había entrado era lo más parecido al enemigo cenando  en casa y a punto de dormir en la cama matrimonial.

Porque Alberto fue -es- Clarín, el campo, Magnetto, Randazzo cuando se fue peleado, Massita cuando armó en la vereda de enfrente llena de policías y cámaras de seguridad, amenazando a su propio hijo con cagarlo a trompadas si se hace gay. Alberto también es el que aseguró –ahora- que el verdadero extintor del incendio  de 2001 fue Duhalde Eduardo. Y que se merece el monumento al Bombero. Porque sin él la irrupción nestorista no hubiera sido posible. Y Cristina que lo llamó Padrino. A Duhalde. En 2005. Alberto también es el que dijo –ahora- que no nos apuráramos tanto con el debate sobre el  aborto. Minutos después de que Cristina abriera el juego a los evangelistas y a los celestes para ampliar el centro en el que se paró. Y dejar a la derecha descolocada en su rol de derecha cuando le irrumpe la dueña de la revolución del tercer milenio.

Pero estos destalles son anecdóticos. Porque Ella volvió, salió a los  patios de la Sociedad Rural a saludar a las doñas y a los pibes y a los laburantes  sin paraguas que la esperaban porque Ella los hizo felices. Les subsidió la desgracia, los  transformó en consumidores durante varios años, les jubiló la vida de privaciones y les habló como nadie en mucho tiempo. Por eso la  esperan, la esperaron y la esperarán.

Aunque les digan que tiene que estar presa, que se robó no  se sabe cuántos PBI, que fue a Comodoro Py con una cartera de 4500 dólares, que va a elecciones sólo por los fueros, que su hija se escapó a Cuba y ella prepara las valijas atrás (aunque el propio enemigo  dice en una editorial que Florencia no está nada bien, que pesa 40 kilos y que le pasa facturas por tanto pago injusto de platos rotos).

La esperan, la esperaron y la esperarán aunque perdió con Esteban Bullrich en 2017. Y esto acaso sea mucho más grave que todo lo  demás. Porque está  claro que no construyó conciencia ni ciudadanía ni clase. Apenas millones de consumidores. Y una minoría intensa con la que se aguanta, se abroquela y se gobierna un tiempo. Pero no se conquista el poder.

La  aparición de Ella y la de Alberto paseando el collie con el  Clarín bajo el brazo hizo correr una brisa cascabelera por los trenes y las  terrazas, por las arboledas y los colectivos. Nadie entiende mucho  por qué  pero pasó. Porque hizo felicidad durante un tiempo. Y eso  no  se olvida.

Las revoluciones  de la alegría pueden ser eslóganes patéticos, con globos y desafinadas  atroces en el balcón, con we will rock you y el bigote atragantado y Lemus ganándose el Ministerio de Salud porque le salvó la vida  al Presidente. O pueden ser  a puro carisma y populismo.

Cristina sabe de eso. Mauricio no lo  entiende. Ni lo entenderá jamás. La gente, ese colectivo impersonal, lo descoloca. Le altera los nervios. Y prefiere la distancia. Aquel «qué lastima el feo día, mucha gente hubiese querido venir», de su primer apertura de sesiones del Congreso fue lo que el pueblo le tenía guardado. Tres meses antes Ella se despidió con una Plaza de Mayo rebosante. Esa es  la empatía. La alegría. Y los filamentos de la felicidad.

Todo lo demás puede discutirse horas. Meses. Años. Porque aunque Ella se unió a  su propio enemigo y anda perdonando imperdonables, tejió alegría. Con  la que tantos llevan envuelto  el corazón.