Por Claudia Rafael

La casi desesperación por la búsqueda de la película Poklosie, que retrata la masacre en el pueblo polaco de Jewadne (la mitad judía asesinada por la mitad no judía) derivó en la convicción de que sólo era hallable en Parque Rivadavia. Y sí. Pocos sitios concitan en escasos metros cuadrados tanta riqueza cultural como esa feria que lleva décadas y que ahora cambiará a la fuerza su fisonomía. Las maquinarias del gobierno de Rodríguez Larreta irrumpirán para abrir una calle que obligará a los chicos de la escuela Normal Superior 4 a salir hacia una ínfima veredita luego de la cual se toparán con los autos. No ya las históricas mesas de ajedrez ni los lapachos que cada primavera irrumpen con su floración rosada o lila. Autos que, en unos meses, ahorrarán camino para ir desde la calle Rosario a la avenida Rivadavia por Beauchef, una arteria que ostenta el nombre de un militar de la armada francesa que participó de las guerras napoleónicas y después, de la lucha independentista chilena.

Ana Costantini se estrenó como delegada de los feriantes en septiembre. Cuando ya las papas quemaban y necesitaban presentar batalla para defender una historia que los identifica desde hace décadas. Ella misma tiene su puesto de libros desde hace 34 años.

“Cuando terminé el secundario en el Nacional Buenos Aires, empecé Letras en la UBA en el 84. Mi papá vivía acá en Caballito. Y con mi primer marido empezamos por el 85 a venir a canjear los libros de la biblioteca de mi papá, que eran todos best sellers por libros para la facultad. Nos dimos cuenta de que en cada canje perdíamos un montón. Y decidimos venir con una lonita a venderlos y después nos comprábamos lo que necesitábamos. Después fueron caballetes, luego unas estructuras que se desarmaban y estábamos sólo los fines de semana. Ya más tarde, por el noventa y pico nos dejaron quedarnos toda la semana y pusimos nuestros propios puestos de chapa”, recuerda Ana en diálogo con Surgentes.

La Feria, hacia 1960.

En unos días será abuela de Caetano pero en un alto de sus ventas en el puesto, mientras sus clientes y vecinos la saludan y le van diciendo “chau abuela” recuerda aquellos días en que “estaba embarazada de 9 meses de mi hija y nos cagaban a balazos para que nos fuéramos, tirados cuerpo a tierra debajo de los puestos. Eran los tiempos de la hiperinflación de Alfonsín, en el 89”. Es esa hija la que en unos quince días la estrenará con el título de abuela.

“Después vinieron los 800 proyectos para abrir la calle y nosotros la peleamos, la peleamos, la peleamos. Durante el menemismo Grosso también quiso abrirla. Y creímos que De la Rúa había derogado el proyecto pero derogó la obra y el proyecto siguió”. Hace apenas unos meses, mientras los lapachos estallaban sus flores en pleno octubre “nos avisaron que nos teníamos que correr, que iban a abrir la calle. Que ya estaba decidido. Y que iban a dejar poco más de 50 puestos de los 100 e íbamos a volver con las estructuras del gobierno de la ciudad. Que son esos puestitos amarillos, más chicos”.

Una nueva calle que aportará gases contaminantes, ruidos, a los ya exiguos espacios verdes de Caballito significará, además, la pérdida de un quinto del total del Parque. “Con el agravante de que la salida del colegio es a esa calle y les dejan a los chicos una veredita de menos de un metro. Con los riesgos que significa”.

Libros, música, películas, objetos de colección se dividen entre los cien puestos que, en los últimos años, fueron cambiando de manos, oxidando o achicando.

Y la larga historia se remonta a los años 50, con Perón al frente del gobierno nacional. En esos días, era la Feria de Filatelia y Numismática que nucleaba a una docena de fanáticos de las estampillas en torno del viejo ombú de lo que supo ser la quinta de la familia Lezica.

En un blog del centro numismático porteño se recuerda una nota periodística de agosto del 59 en un suplemento del diario La Prensa: “Niños filatelistas y aficionados a coleccionar revistas de historietas se reúnen habitualmente los domingos desde las 9, en el Parque Rivadavia, situado en el barrio de Caballito, en esta capital. Bajo un frondoso ombú que se halla frente a la calle Florencio Balcarce, sobre la avenida Rivadavia, funciona la bolsa filatélica en la que participan no sólo numerosos niños, sino también coleccionistas de todas edades para imponerse de las últimas emisiones, consultar catálogos correspondientes a los distintos países y efectuar transacciones en un ambiente cordial. En la acera, frente a la Plaza, sobre la avenida Rivadavia – casi esquina Campichuelo – se instalan también los domingos, puestos de canje y venta de números atrasados de revistas infantiles, atendidos por niños que asisten puntualmente a estas reuniones matinales”.

Unos diez años más tarde, la propia Ana Costantini cruzaba la calle desde la casa familiar a cambiar sus ejemplares de “Susy, secretos del corazón” o de las revistas “Archi”.

Este fin de semana muchos de los feriantes sabían a final de una parte de su propia historia. “Hay gente de mal humor”, contaba una. “Hace unos días ya, nos cortaron la luz”, revelaba otro mientras iluminaba el interior de su propio puesto en búsqueda de algún libro con una linterna. Las expulsiones paulatinas suelen utilizar métodos que dificultan la vida cotidiana de las personas.

La calesita giraba y giraba. 5 boletos a 60 pesos. Un pedazo de sueño que queda como símbolo de otra época. Que se hermana con muchos de los juguetes que se venden en algunos de los puestos.

A unas cuantas decenas de metros Simón Bolívar hecho escultura preside el centro del parque que en nueve años llegará a su propio centenario. Construido en julio de 1928 durante el mandato del radical Horacio Casco.

En algunos meses se supone que los feriantes regresarán. Entre medio, un trabajo de 25 millones de pesos que restará 600 metros cuadrados en forma de calle y 1830 metros cuadrados en total, con el resto de los trabajos. Si los plazos se cumplen, la empresa Algieri S.A. entregará el trabajo terminado en el mes de mayo.

Entre tires y aflojes, la batalla tendrá sus frutos. Ana resaltó: “Volveremos con nuestros propios puestos. Pero eso es gracias a la lucha que llevamos adelante estos tres meses con Fabián, el otro delegado. Es importante resaltarlo porque ése es uno de los mayores logros. Volver los 100 y con nuestros propios puestos”.

Mientras tanto, con la típica sutileza y creatividad de barricada, una bandera garabateada con aerosol juguetea y denuncia a la vez: “Nosotres tan plaza, ellxs tan shopping”.