Por Silvana Melo

La sentencia del Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos, que prohíbe fumigar con agrotóxicos cerca de las escuelas rurales, fue considerada un  “revés judicial” por los medios  de  la hegemonía rural, que lamentaron “280 mil hectáreas  que quedarán sin producir”. Sin embargo, no han reaccionado ante la fumigación terrestre y aérea de las mil escuelas rurales de la provincia durante los últimos años de extractivismo brutal. Eduardo Cerdá, ingeniero agrónomo y asesor agroecológico en proyectos revolucionarios como La Aurora de Benito Juárez y La Primavera de Pirovano, Bolívar, desnuda una realidad incontrastable y deja a la luz un entretejido de argumentos que tienen la forma inequívoca de la verdad: el vínculo entre la tierra y la humanidad es lo suficientemente estrecho como para necesitar venenos en su subsistencia. Mientras Zoe y Ludmila tratan de sobrevivir en chacras entrerrianas con la sangre asediada por el glifosato y la propiedad de las semillas se apresta a pasar de la universalidad de la vida a la privacidad multinacional, Cerdá se empeña en cosechar pequeñas victorias sin agroquímicos.

Gozante de la reinstauración de todos sus privilegios y de las disculpas humillantes del poder político cuando se atreve apenas a rozarle uno, el poder sojero saltó a la yugular de las organizaciones cuando la Justicia las escuchó. Y actuó en consecuencia: reeditó la mesa de enlace, presionó al gobierno y a la justicia e intentó amedrentar a una maestra símbolo de la lucha ambiental, para que levantara una charla programada en una escuela secundaria.

Todo bañado por una máscara de victimización y el discurso falaz de la imposibilidad de producir. En realidad, con la siembra del falso dilema producción o niños, ante el que ellos eligen definitivamente la primera opción.

Eduardo Cerdá con el productor de La Aurora, de Benito Juárez

Es que el modelo productivo argentino, desde los últimos veinte años, está cimentado en el uso de venenos. Es decir, la producción alimentaria tiene base en los agrotóxicos. Dice Cerdá, una especie de Quijote tresarroyense sacudiendo molinos en medio de la pampa sojera, que es “porque no ha entendido a la naturaleza”. Porque “con productos como el glifosato, un herbicida total que mataba todas las malezas, creían que no se iba a generar resistencia”. Pero en la naturaleza, “siempre queda un porcentaje que no muere y se reproduce y ésa es la forma que tiene la naturaleza de resistir, si no con todo lo que se ha hecho estaría mucho más devastada”.

Glifosato en las nubes

Ante el horror de los productores entrerrianos que no creen sobrevivir a la prohibición de la fumigación terrestre a mil metros de las escuelas rurales y la aérea a menos de tres mil, Cerdá recuerda que “en los últimos años ha cambiado el sistema inmunológico de la naturaleza y hoy tenemos 34 malezas resistentes al glifosato y otros principios”. Hasta hace unos años “se usaban uno o dos litros al 48%; hoy la concentración está por arriba del 60 % y hay zonas que están usando hasta 12 litros por hectárea”. Se pregunta el ingeniero agrónomo sui generis, el que piensa y actúa con otros parámetros que la mayor parte de sus co-profesionales: “¿cuál es la solución? ¿Seguimos sumando cada vez más? ¿A cuánto llegamos, a 20 por hectárea? Ya estamos casi en 400 millones de litros de glifosato por año y no hay posibilidad de que nuestro sistema pueda metabolizar tantos litros. Por eso los trabajos científicos de la UNLP han encontrado glifosato en las nubes. Nosotros tenemos mucho trabajo en el particulado del polvo de la tierra, en el agua, y los agroquímicos nos atraviesan molecularmente en los alimentos, en el aire, en el agua y entonces uno dice hasta dónde…”

Cerdá en Lincoln. Foto: Marina Perosa

Cuando Estela Lemes, directora de la Escuela 66 Bartolito Mitre de Costa Uruguay Sur –conviviente desde hace años con el glifosato en su cuerpo-, se atrevió a organizar una charla sobre agroquímicos en medio del ardor sojero, la Sociedad Rural envió una carta a la Dirección de Escuelas para que la levantara. Como no lo lograron, mandaron sus propios servicios a romper la charla y a convencer a los chicos de que hicieran preguntas con insidia ruralista.

Eduardo Cerdá, que desde su especialización en agroecología ha asesorado y puesto en marcha proyectos productivos como La Aurora de Benito Juárez y La Primavera de Bolívar sin utilizar agrotóxicos, es categórico ante la queja de los productores. “Es una falacia. Nosotros estamos produciendo igual y sin agroquímicos. Si esto viene de instituciones del campo, lo lamento mucho, porque para ellos sería mucho más beneficioso producir los mismos rendimientos pero sin tener que gastar en insumos que están dolarizados, encima”. En su recorrida por la Provincia pasó por “Trenque Lauquen y todas las zonas de tambos, que se están fundiendo porque hace muchos años han entrado creyendo que la tecnología y el alto rendimiento los iban a ayudar y lo que hace es endeudarlos totalmente, comprando insumo en dólares para vender la leche valuada en pesos”.

El ejemplo del ingeniero agrónomo agroecológico parece incontrastable: “nosotros estamos en 60 mil hectáreas produciendo lo mismo que se producía y con la mitad de costo. Es decir que el margen es el doble. No entiendo por qué dicen que no se puede producir. Tal vez hayan leído una sola biblioteca, porque ellos no saben cómo hacerlo. Pero hay otra gente que sabe…”

La exigencia de la Sociedad Rural ante la escuela de Estela Lemes era “que a ese tipo de charlas la diera gente especializada del INTA o, en su defecto, ingenieros agrónomos”, relata la directora. “¿Acaso un médico no puede hablar sobre el tema? ¿No puedo hablar yo sobre el tema siendo alguien que vive con el veneno en su cuerpo”, dice, ante la evidencia de que sólo pueden hablar los agrónomos, pero no todos. Y no de agrotóxicos sino de fitosanitarios. Un modelo de producción envenenado de eufemismos.

Los cercos

A pesar del “cerco mediático” que opera sobre la mayor parte de los productores, “cuando nosotros damos las charlas los productores se entusiasman; en Trenque Lauquen se acercaban para contratarme, porque querían trabajar. Lo mismo pasa en Córdoba, en Río Cuarto… los productores escuchan cómo lo estamos haciendo y se suman”. Pero “no hay tanta gente difundiendo este mensaje”. A pesar de ese silencio impuesto, “seguimos creciendo aunque con una limitante: no tenemos profesionales formados en esta temática”. Muy pocas facultades incluyen la agroecología cuando “para entender a la naturaleza hay que dotarse de algunas herramientas que no tenemos: la observación, la admiración por la naturaleza, entenderla no como dominio, como utilidad sino que se trata de compartir un espacio común. Eso cambia la mirada de la producción. Eso no se construye con un curso y dos charlitas. Es un proceso interno que cada uno tiene que hacer”.

La única alternativa de producción sin agroquímicos es la agroecología. “En la facultad de Agronomía de Azul hay Agroecología como materia”. Pero no hay demasiada referencia a tal punto que “yo termino siendo muy mediático porque llevo 28 años en el tema, he escrito libros, la FAO seleccionó a La Aurora, en Benito Juárez, como una de las 52 experiencias exitosas de agroecología en el mundo”. Y ésa es consecuencia de su trabajo.

Dos mundos. Foto: Marina Perosa

“Cómo nos han engañado”, dice Cerdá cuando vuelve a mirar los 28 años de producción limpia de La Aurora. “Estuve recorriendo un campo en Larroque. En 2015 un productor me dijo si vos hacés andar ese campo yo te hago una estatua porque es el más deteriorado de todo Gualeguaychú. Ahora le dije vas a tener que contar la historia porque mirá qué lindo que está el campo. Lo hicieron andar, ¿eh?”

El ingeniero agrónomo en disidencia recuerda los caminos hacia donde el sistema supo empujar a las mayorías, salvo a las ovejas de colores que decidieron construirse otras sendas. “Nos hacían creer que no pasaba nada, que te lo podías tomar, que desaparecía… ¿Cómo que desaparece? ¿Dónde desaparece? Si la física dice que todo se transforma, y es cierto. Se transformaba en ampa, que es un metabolito”. Hoy “estamos encontrando glifosato en la orina, ¿cómo que desaparece? Y está en el río Paraná, en el algodón, en el maíz, en la soja, en el trigo. Entonces nos mintieron y mucho. Porque uno los utilizaba y seguramente tiene agroquímicos en el cuerpo.

Cerdá recuerda su trabajo en Tres Arroyos: “cuando fui éramos 150 ingenieros. Y yo he llegado a contar 16 que fallecieron por cáncer. Estamos hablando de más del 10 %. Es una locura”.

La soja, el emblema de las décadas de la rentabilidad del monocultivo, es acaso la resistencia más fuerte a la agroecología. “La soja es la más complicada. Pero en La Primavera, en Bolívar, hacen 1000 hectáreas de agricultura y hacen 500 de soja; usaban 9000 litros de glifosato. Bajamos a 4800, bajamos a 3000 y este año usamos 1700. Es una diferencia impresionante. No lo hemos descartado totalmente pero de 9000 a 1700 es mucho”. ¿Y los rendimientos? “Hace tres años se convirtieron en los más altos de la zona. Es decir, los dos años anteriores promediamos 3000 kg que para la zona es mucho y este año promediamos 1400 pero nadie más pasó de 1400. Y todos gastaron más de 300 dólares por hectárea y nosotros 150”.

Es posible, asegura Cerdá. Es posible. Pero ¿cómo? “Primero, recuperar la fertilidad. Una secuencia maíz-soja es totalmente extractiva, es minera. Y constantemente necesita de la falopa. Porque esto no es remedio, esto es falopa. Y si cada vez precisamos más, es falopa. No me vengan a decir otra cosa. Porque si es un remedio, lo tomo, me curo y no tomo más. Entonces si vamos hacia más y más, estoy en un concepto de campo drogadicto. Nosotros trabajando en la salud”.

Entonces: “se recupera la salud cuando los suelos mejoran. Y lo hicimos en muy poco tiempo”.  El suelo se recupera y “el productor dice: tengo más tiempo. El otro día un tambero decía: ‘ya ni sé el precio del glifosato. Si no fuera que entré en la agroecología no podría dormir de las deudas que tenía. Porque tuvimos un año que nos inundamos, que perdimos todas las alfalfas, un año de seca y, sin embargo, el campo está hermoso. Y hemos logrado recomponerlo gracias a los cultivos asociados, a las estrategias agroecológicas´. Y eso se lo decía a otros productores. Y los productores le decían: ‘nosotros no sabíamos que estabas haciendo esto. Pero ¿cómo? Yo soy vecino tuyo y no sabía que estabas haciendo esto´. El les decía: ‘yo les dije y no me escucharon´”.

Cerdá es, además, vicepresidente del Centro de Graduados de la Facultad de Agronomía de la Universidad de La Plata. Y no tiene la expectativa de que los agronegocios sucumban ante la agroecología. Es una utopía de las que gustan correrse cuando los mortales dan un paso adelante. Pero es innegable que más allá de los emblemas como La Aurora y La Primavera, hay 500 productores de todo el país participando de experiencias similares, en una Red Nacional de Municipios y Comunidades que fomentan la Agroecología (Renama).

Una eventual victoria “es muy difícil porque la presión es muy grande, está en juego la plata de 3 ó 4 que tienen el 90 % del capital y es un circuito muy cerrado. Yo confío en que cada productor y cada profesional entienda que lo mejor es no andar tocando ni llevando en las camionetas tanto agroquímico que a la larga, con plata o sin plata, te lleva puesto igual y en vez de que las ciudades se preocupen por hacer más hospitales para tratar el cáncer, que al menos estén más lejos; el desafío es llegar al sentimiento de esa persona. Pero del que quiere ver. Del que tiene ganas de hacer ese cambio. Si no, ni vamos”.

En su paso por la dirección de Producción de Tres Arroyos, a fines de los 90, luego por la dirección del Plan Estratégico, “me cansé de pelear”. Le decían que era “una cuestión política”. En el libro que publicó en el año 2000 Cerdá hablaba de “los costos que se iban a cuadruplicar mientras los rendimientos apenas se duplicarían”. Ya se preguntaba para quién era el negocio. “Para los que venden los insumos de esos costos”. Casi veinte años después, rescata que “la agroecología enseña a pensar, a salir un poquito de la dependencia y a ser ciudadanos que sienten y que valoran lo que es la Pachamama, la tierra, el lugar, nuestra casa y, desde ese equilibrio, un mejor alimento, más sano. Porque esto nos está enfermando a todos”.