Texto y fotos: Claudia Rafael

“Mi mamá me enseñó a mirar. A observar para poder dibujar. Nos sentábamos las dos delante de la mesa y ella armaba una frutera con distintas frutas y dibujábamos las dos. Ese es tal vez el recuerdo más lindo que conservo de mi mamá”. Alejandra Slutzky sonríe cuando capta esa imagen en su memoria más íntima. Y no la llama Ana, como usualmente hace sino “mamá”. Y “mamá” es Ana Svensson, Toty. Esa mujer que el 22 de octubre hubiera cumplido 76 años. Y Ale imagina que quizás hoy sería como las amigas de ella que conoció en esta búsqueda-investigación que la hundió en ese universo perverso de la locura en la que habían atrapado a esa mujer bella, fresca, libre, sensual, profundamente viva. Seguramente ecologista e involucrada con las luchas de género, imagina. Cuando vio a sus amigas bailando, haciendo, creando, vuela con la fantasía y la supone así a esa Ana a la que desaparecieron entre electroshocks y pastillas.

Archivo familiar: Ana y sus hijos

Quizás Toty Svensson nació en el tiempo equivocado. A lo mejor, se pregunta su hija, hubiera sido todo diferente si la mujer que se carteó casi hasta el final con Julio Cortázar -el único que nunca la traicionó y que la ternuró desde sus misivas y los dineros para pagar un “manicomio” un tantito mejor- hubiera vivido en otra época. Si no hubiese crecido en aquel Castelar de colegio católico en el que osó confesar un amor correspondido con una amiga al profesor y confesor, Conrado Eggers Lan y él lo contó a los padres de Ana. Marca indeleble en la frente como inicio de una “enfermedad” que, muchos años después, la arrojaría a las garras manicomiales. Porque los padres de las dos chicas las separaron definitivamente como castigo por ese amor adolescente “amoral” y “sucio”.

Alejandra Slutzky tiene recuerdos y reconstrucciones. Y tuvo la osadía de lanzarse a la aventura de los túneles de las memorias. Donde sintió cómo tantos habían traicionado a Ana. Y reafirma lo que la psiquiatra Astrid Rusquellas escribe en el prólogo de su libro: “la traición percibida es la causa universal de la enfermedad mental”. Y que “recibir heridas inesperadas de aquellos en los que confiamos, confunde, es devastador y enloquece”.

Manojos de hermanas y hermanos

Alejandra está llena de hermanos. No sólo los que le aportó la biología. Están aquellos que desde Hijos, compartieron esas recorridas por la historia de un pasado aterrador construido por los crueles de toda crueldad. Pero también están aquellos otros. Los hermanos nacidos de padres que nadie buscó como sí buscaron a Sami, su papá y que Alejandra fue encontrando a lo largo de su búsqueda. Los hijos de los locos. Esa categoría temible, que incomoda, que desarma, que señala desde las sombras.

Ana había sido siempre la que no estaba bien de la cabeza. Sami, en cambio, el militante desaparecido. El que peleó en Taco Ralo. El médico que en la cárcel se hizo homeópata y que ya con los dos hijos en La Plata, “andaba desnudo por la casa, todo peludo. Parecía un mono. Y andaba con medias y calzado y yo sentía una vergüenza bárbara y tenía miedo de que llegara alguien a casa”.

Pero sus propios recuerdos de Ana, la dulzura, el cuidado, no se condecían con los fragmentos del puzzle que le devolvían los familiares. Por eso su búsqueda. Y el largo camino que –al menos, por ahora- concluyó cuando encontró sus restos en el cementerio de Lomas de Zamora, el mismo día en que el intendente se casó con una mediática y se revolucionó el registro civil de la localidad del sur del conurbano. Junto a una enorme cruz y rodeada de los cuerpos sin vida de los desarrapados, de los olvidados, de los pobres y abandonados.

“Buscar la historia de mi mamá, publicar el libro, fue muy sanador para mí. Hizo que el desequilibrio o la fricción que yo sentía se fuera. Lo que sentía de mi madre y lo que encontré, concuerdan entre sí. Y me siento más tranquila. Porque encontré un balance entre lo que me decía esa niña que yo era y lo que hallé y sé ahora de adulta”, cuenta a Surgentes.

Querido Julio

Ana era loca porque pintaba las paredes de su casa. Porque alguna vez se enamoró de la persona equivocada para los parámetros morales de la época. Porque tuvo un affaire con un compañero de militancias mientras se entrenaban en Cuba para gestar el hombre nuevo. Porque por esa razón la juzgaron en juicios éticos de la militancia que, sin embargo, no tuvo su amante. Y porque presionaron a Sami para que la dejara. Y estuvo loca también porque era una mujer libre como los pájaros y las mariposas. Ana no encajaba en las estructuras de la moralidad con una serie de categorías que sí eran “normales” para un hombre.

El libro de Alejandra Slutzky es valiente porque introduce la denuncia a un sector corporativo intocado: el de los médicos que avalaron el horror. Que –como dice Rusquellas- conjugan sus connivencias para “normalizar lo siniestro”. Pero le implicó –entre tantos otros- el desgarro del regreso al Moyano, donde había visto a Ana por última vez. Donde los locos no eran los que gritaban porque estaban dopados y a lo sumo rogaban una moneda o un cigarrillo. Eran los otros, los que están supuestamente del otro lado de la locura y visten ropajes del área de salud. Entonces la primera vez gestó miedos, enfrentó terrores hasta que la locura fue normalizada en su interior y pudo ir y volver varias veces más.

Si la locura fue un eje medular en la búsqueda identitaria de su mamá, hubo hallazgos que sólo pueden tener una lectura en el contexto de los 60 y 70 en que ocurrieron los hechos. ¿Por qué, en la búsqueda del hombre nuevo, quedó para una segunda, tercera, cuarta etapa la reconstrucción de ciertos parámetros que no hicieron otra cosa que traicionar las libertades proclamadas? Por qué se pierden ciertas ternuras en la lucha, se pregunta Alejandra en una mañana bella de sol intenso, en charla con Surgentes, café negro mediante, en la casa de su tía Beatriz. Cortázar nunca la perdió, se responde a sí misma. Y entran en juego esas cartas que fueron el salvavidas de su madre cuando el mundo de la locura y de los crueles se empeñaba en estragarla. Aquellas en las que Julio, aquel bello cronopio, le decía sistemáticamente: “Querida Ana” y concluía con un “recibí un abrazo de tu siempre amigo”.

¿Dónde y en qué circunstancias se habrán conocido? ¿En el encuentro inaugural de OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad) en Cuba en 1967 en que Ana y sus críos estaban en la isla? No hay rastros concretos y todo queda en el tejido de la imaginación.

Una obra muy personal

Alejandra Slutzky está plagada de frescura. Sonríe con los ojos y con las manos. Habla sin ataduras y piensa y repiensa sus palabras.

Ya respira aliviada porque sabe bien que el libro abrió puertas a nuevas piezas de un rompecabezas que quizás la obliguen a una nueva investigación. Como cuando la actriz Ana Celentano, quien leyó tramos de “Ana Alumbrada. Militancia, amor y locura en los 60” durante la presentación, llevó el libro a su casa y su mamá le dijo: “Pero es la historia de Toty. Fuimos compañeros de militancia con ella y con Sami”. De algún modo, piensa Alejandra, son los elementos mágicos que asoman desde las sombras.

Pero antes, mucho antes, –reconstruye- en el momento exacto de escribir el punto final y culminar los últimos detalles de edición, irrumpió en ella y en su cuerpo “un momento de suspenso, de estrés. Porque iba a salir el libro y no sabía cómo lo iban a tomar, qué iba a pasar con todo lo escrito. Es muy personal y cercano al corazón. Entonces, si a la gente le parece terrible, si no lo leen, si te cuestionan mucho, puede llegar a lastimarte porque es una obra muy personal”.

Medio millar de aspirinas

Las primeras señales de que Ana no estaba bien fueron imperceptibles para su hija en aquellos años 70. “Sí recuerdo que cuando nos dejó en lo de mis abuelos paternos ella rengueaba y no estaba bien. Se la pasaba días enteros sentada, en la cama  y yo le tenía que comprar cientos de aspirinas porque no le daban abasto para calmar el dolor físico que sentía. Yo iba de una farmacia a la otra a comprarle cajas de 500 aspirinas. Dos o tres cajas, las que pudiera conseguir. Porque tenía muchísimo dolor. Es una de las primeras cosas que recuerdo. Verla sentada o acostada, que fumaba mucho. Y yo empecé a bañarla, a lavarle el pelo, a cuidarla. Ella no tenía dinero para darnos de comer. Yo llevaba comida de la casa de mi abuela a su casa. Pero para mí era lo que había. Ahora, si pienso, las puedo ver como señales. Pero en ese tiempo, no. Mi mamá era lo que era, no le funcionaba una pata, le dolía… Recién después, cuando te adultizás, te das cuenta de lo que viviste de niña. En ese momento, así era normal”.

Lo que sobrevendría después fue un camino sin retorno. Un sendero en el que los recuerdos se parcelan y los miedos se amontonan.

Ana pasó del Moyano a un psiquiátrico privado en el Conurbano Sur que Cortázar abonaba mensualmente. Alejandra y su hermano Mariano, vivían con los abuelos hasta que, una vez liberado Sami de la cárcel, fueron a vivir con él a La Plata.

De allí lo secuestraron a Samuel Slutzky en la noche del 22 de junio de 1977. Durante ocho meses esperaron su regreso. Hasta que con la última pareja de Sami, sus dos hijos y los hijos de Ana partieron, como de paseo, sin bolsos ni valijas ni pertenencias rumbo a Río de Janeiro. Y desde Brasil a Holanda. Alejandra tenía 14 años; Mariano, 13. Un año más tarde, ella ya viviría sola y al siguiente, también su hermano.

Cuatro décadas después, con un mundo recorrido en la mochila que carga sobre sus espaldas; un hijo maestro jardinero de salita de 3 e hija asesora política que siguen viviendo en Holanda, Ale Slutzky ríe con sonido de infancia y dice “qué linda pregunta ésa” y responde: “lo más, más, más lindo que recuerdo es que mi mamá me enseñó a mirar”.