Por Liliana Majic

Falta una piba en Florencio Varela. No sale por la tele, pero toda la región está llena de carteles que dan testimonio de la búsqueda. No sale por los medios tradicionales porque una chica de Varela no es noticia. Un festival en el Anfiteatro de la estación acompañó por estos días el reclamo de su madre y familia, que esperan respuesta de la justicia porque nadie sabe adónde está Roxana Villalba.

Entre la gente una reflexión: “veo a la mamá y me muero. No sé que haría si fuera mi hija”. La otra voz de mujer sentenció: “ese es el problema, no te morís. Y esto puede pasarle a cualquiera de nosotras. Muches viven como que nunca les podría pasar. Le pasa a cualquiera”.

Falta una piba y fueron las pibas las que llenaron el festival con sus hambuerguesas veganas, poemas, pasteles, pinturas. Impactó la cantidad. Impactó la juventud. Mientras un sector de la sociedad las culpa por andar de mini, salir con tipos, andar de noche; otres insistimos en que es imposible que a una piba se la trague la tierra.

El sol se solidarizó también y acompañó para alejar por un rato a la parte cruel de este invierno. Entre idas y venidas Alejandra Villalba reflexionó sobre lo difícil que es enfrentar esta situación y las complicaciones de ser madre en estos tiempos: “A veces pienso en lo difícil que es todo esto. Fui una mamá joven, crecí con mis hijos. Pienso en las libertades que les di. Peleábamos por los horarios en que ella andaba sola. Decía que no le hacía falta la compañía de un hombre. Mi hija fue libre. No me quiero contradecir, pero hoy no sé. Entiendo el otro lado”.

Sin dudas vivimos en crisis: las mujeres estamos aprendiendo a ser dueñas de nuestras vidas, el sistema patriarcal está siendo cuestionado y las nuevas generaciones respiran y ejercen aires más nuevos para crecer. Y crecer también es equivocarse, salir, volver. Pero les jóvenes siguen sin tener ese derecho. “Me voy a la casa de Pablo me dijo. No sé qué pasó, no hay indicios. Ella no dependía de nadie para manejarse. Alguien le hizo algo. Por ser mujeres nos pasan estas cosas. La dejaba elegir, ser libre. Es tan complejo”.

El 7 de diciembre Roxana desayunó con su mamá, le dijo que iría a lo de Pablo Manson, su novio y Alejandra se fue a trabajar. Las únicas noticias luego fueron una consulta en el hospital Argerich (donde Roxana se hace controles porque es transplantada de hígado) el 13 y posteriormente un mensaje por face, un signo de pregunta. Tenia turnos en el hospital los días  Nadie volvió a verla. Cuando Alejandra realizó la denuncia se la cuestionó por la tardanza. “Para el estado mi hija es un número más. Estuvo y está totalmente ausente. Habiendo tantas herramientas tecnológicas no me pueden decir que no se puede rastrear un mensaje. Desde el vamos se notó que la justicia es inoperante. Cuestionaron que tarde en hacer la denuncia pero ni siquiera rastrillaron el barrio”.

Para visibilizar esta injusticia la familia organizó el festival. Su hermano agradeció: “Estos actos nos hacen sentir unidos en un presente donde hay divisiones muy visibles. La justicia parece desaparecer cuando la víctima es de un barrio y no tiene para pagar 50 lucas al taquillero. Siento que estos actos devuelven la dignidad a la gente, a los barrios. Nuestros chicos son el secreto para crear comunidades más humanas, más empáticas. Siento que las acciones que hoy hacemos van a moldear nuestro futuro y el futuro son ellos, los niños. Aprender a compartir y a intervenir cuando vemos injusticias. Enseñarles que la vida no es una competencia”.

El próximo jueves la familia, vecinos y diversas organizaciones se movilizarán a la Fiscalías y Defensorías Descentralizadas de Florencio Varela para reclamar por el avance de la investigación que hasta el momento no aportó nada. El viernes Roxana cumplirá 21 años. Falta una hija, una hermana, una amiga.  Alguien sabe adónde está.

La tierra no se traga a nadie.