Por Silvana Melo

Foto de tapa: Pepe Mateos

Es feriado. Feriadísimo. El frío calmó un poco su ferocidad. Un tipo sostiene una  carpeta marrón, antigua, donde dibuja en una hoja con pincel y acuarelas puestas a  la izquierda. Mira al Riachuelo y pinta la averiada imagen del río y sus ruinas, del lado de Avellaneda. Hace 18 años sería un  cuarentón. Hoy tiene unos  pocos pelos canosos tirados  estratégicamente para atrás. A la misma hora, de una tarde melanco, militares vestidos de fajina, tanques, prefectos, gendarmes  con la misma bota y el mismo gesto de la represión, desfilaban por Libertador ante el orgasmo oficial. Y el del escaso conchetaje nostálgico de tiempos donde las cosas estaban en su lugar. En el orden púdico del poder establecido. A la misma hora estaba muerto Fernando De la Rúa, con sus 39 cadáveres encima y el desastre social más brutal de la historia cercana velándolo sin dejarle el sueño en paz. Y a la misma hora los uniformes despistados que no estaban en el desfile decidieron que no habría carpa en el Obelisco para refugiar a la gente que sobrevive en la calle. Las organizaciones fueron sacudidas con gases y se llevaron a un flaco que había ido a comer. Acaso pasará una noche menos fría en un calabozo. Pero siempre, siempre es preferible la calle a semejante cuarto de hotel.

Las organizaciones y los castigados. Un camión con una carpa. Y la reacción de la policía

Es el día de la independencia, un eslabón y otro en el hilo de nueves de julio en una historia circular que cada vez se  acerca más  al principio. La dependencia  asuela cada segundo de la vida, condiciona cada subsidio a la fragilidad creciente, enlaza  una soga en el cuello  del futuro. El Presidente sigue sintiendo la angustia de los declaradores de la independencia  y les sigue pidiendo perdón a  los  patrones globales. Que aplican la precarización más violenta para los subalternos del cuarto mundo. Por ideología y por indolencia fue a buscar cadenas al Fondo Monetario y endeudó el país hasta la parálisis. Pobre de quien lo suceda. Pobre de un pueblo intraducible, compuesto por tantas capas que aprueban el odio, el  vértigo de las balas que aplica el estado, el hambre de los otros, el dolor de los  otros, la  exoneración masiva de los otros.

Esa independencia en la que se muere De la Rúa es tan coherente como un desfile temible con Pichetto en el palco oficial quién sabe en calidad de qué. En calidad de qué  se muere De la Rúa el 9 de julio. En calidad de qué lo lloran en redes sociales Cavallo y Shakira. Mientras Chacho Alvarez sigue mudo, desde hace 18 años, cuando se  desmoronó el fantástico rascacielo de  la esperanza y él dio el primer golpe  con la  pica. Cuando se puso desde los 90 la campera del progresismo y luego  lo convocó a Cavallo. El gobierno del gallinero integró al zorro en el gabinete.

Esa independencia que es bandera vacía y escarapela es también patrioterismo y frontera, nacionalismo, celeste, propiedad, familia y tradición. Esa independencia donde el festejo es de ellos porque es la fiesta de la milicia, de los predadores, de los que reprimen –los hijos de los genocidas, los nietos de los desclasados, los sobrinos de los marginados por todos los neoliberalismos-, de los asesinos cristalizados o potenciales. Esa independencia no es la de los confinados al villerío del conurbano ni la de las familias jujeñas desalojadas de sus chacritas por el modelo agroexportador. No es la de los wichis salteños que no tienen agua para beber. No es la de las pibas que elige la trata para Añelo, el pueblo atravesado por la fiesta de Vaca Muerta.

Esos ni se ven.

Los que han dado su costado para los desamparados. Foto: Gabriela Téllez

La independencia es feriado. Feriadísimo. Se muere De la Rúa, gris e impune. La policía enceguece  a gases a los que intentan abrigar a la  gente expulsada por los que, a esa hora, gozan la procesión bélica desde el palco oficial. Horas antes Messi y Juan Carr –emblemas  sistémicos- son apuntados como  semillas subversivas. El que putea desaforadamente, como jamás, y habla de corrupción en un sector donde les  arde a todos. A todos. Y el que  tiene la osadía de organizar pellizcos de calor en un invierno  impiadoso, para que la gente no se muera tanto, tan injustamente. Lo que hace siempre, desde hace años. Tan lejos de la desobediencia civil.

La independencia es  ésa. El tipo al borde del Riachuelo, una pasta inerte de cloacas y residuos químicos, pintando las ruinas. Solo. Desangelado. Juntando los restos de la esperanza. Esa que hace rato se independizó de estas tierras.

Al fondo canta la Negra. Lejos de De la Rúa muerto en el salón de los pasos perdidos. Pensándolo bien, la independencia es  ella. Que nació este día. Y que anda cantando por los barrios rebeldes y destituidos que esta tierra sea posible, por sus viejas cicatrices, por sus tristes mutilados, los que han muerto despojados, los que han dado su costado para los desamparados, victoriosos torturados, pero nunca derrotados…

Por ahí anda la vida. Reconstruyéndose de a cristalitos. Tan lejos de la independencia milica. De la  independencia oficial.