Por Claudia Rafael

Cuando se llevan casi 35 años viviendo lejos del país e inmerso en un idioma diametralmente opuesto es casi un hecho que el español puramente bonaerense quedará contaminado. No es así para Eduardo Grutzky. Tiene 62 años, un humor que reivindica argentino y la mayor parte de su vida transcurrió lejos de su Azul natal. Si de algo tiene nostalgia no es de lo que nunca jamás sucedió, como canta Sabina, sino de aquello que alguna vez y hace demasiado tiempo fue y ya no existe más que en los recovecos múltiples de la memoria. Esa nostalgia no se aplica sólo a la Argentina. Vale también para aquella Suecia a la que llegó en 1984 y que se fue diluyendo con el correr de los años. Exactamente dos años después de su llegada a Estocolmo, esa tierra que concibió desde la ventanilla del avión como su lugar en el mundo, el primer ministro socialdemócrata Olof Palme era asesinado por la espalda cuando con su esposa y sin guardaespaldas regresaban del cine.

Eduardo Grutzky se predispone a hablar largo para esta entrevista desde una oficina de la policía nacional sueca, en la que se ocupa -casi como un milimétrico cazador de nazis- de buscar hasta capturar a ciberpedófilos. Hombres que se enmascaran vía juegos cibernéticos y luego por redes sociales en las figuras de niñas o niños con la feroz idea de cazar chicos para abusar sexualmente de ellos.

Era apenas un adolescente cuando cayó preso en Azul y recorrió, como detenido político, las cárceles de Sierra Chica, Rawson, La Plata y Caseros.

Hay quienes no entienden cómo un ex detenido político de los más terribles lugares de encierro penitenciario argentino puede integrar hoy las filas policiales. Es Suecia, responde. Y ese detalle cambia las reglas de juego.

Sin opción

“Nací en Azul, viví dos años en Olavarría y mis padres se mudaron a Azul. Más tarde estuve viviendo obligadamente, en las cercanías de Olavarría, en la cárcel de Sierra Chica”, responde e introduce desde el vamos ese humor tan argento de entremezclar “la ironía con la crueldad”.

-¿Te fuiste por la fuerza de Argentina?

-Sí, a mí cuando me dicen que me fui con la opción para salir del país digo que no. Yo no tuve ninguna opción. La única era quedarme preso. A mí me echaron. Y hasta la puerta de entrada al avión tuve una pistola en la cabeza. Con lo que no hay una manera más gráfica de demostrar que me echaron. Y no me voy a olvidar nunca que fue entre julio y agosto del 81, el día en que se casó la princesa Diana.

La vieja estructura exterior de lo que alguna vez fue la cárcel de Caseros, hoy en reestructuración.

-Hay anécdotas que no son sustanciales pero que por alguna razón te marcan…

-Es que a mí me llevaron de (la cárcel de) Caseros a Coordinación Federal. Me sacaron como a las 6 de la mañana de la celda y me pusieron mirando hacia una biblioteca que tenía un televisor. Y estaban pasando en vivo el casamiento. Era la primera vez que miraba televisión en siete años. Entonces estaba mirando terriblemente entusiasmado a pesar de que no pasaba nada: estaban ellos dos delante de un cura que los casaba. Hasta que un cana se dio cuenta y dijo: “¡mirá! el hijo de puta mira televisión”. Así que se terminó. Pero un poco vi.

-¿Cómo llegaste desde todo ese recorrido vital tan fuerte y terrible de este lado del mapa a ser hoy integrante de la policía sueca? Y ¿cómo te miran por acá?

-La verdad es que yo soy ciudadano sueco y no me importa cómo me miran. Entiendo que mucha gente no pueda comprender la diferencia. Pero vivo en un país que también ha sufrido el desgaste que produjo la decadencia en todo Occidente en los últimos 20 ó 30 años. Pero hay mucho que todavía es parte de eso que era un sistema modelo. Y entre esas cosas está el sistema judicial. Acá no hay denuncias por torturas. La hubo tal vez durante alguna detención en la que alguien usó más violencia de la necesaria. Pero en general es una policía entrenada para otra cosa. En segundo lugar, es un sistema que te proporciona el acceso a los mejores abogados posibles sin que lo tengas que pagar. Tanto al acusado como a la víctima, a quien le ponen un abogado que no tiene que pagar. Es un sistema que, al mismo tiempo, tiene condenas muy cortas para ciertos delitos como el de pedofilia. En Argentina, por ejemplo, son más proporcionales que acá. Pero si tu pregunta es ¿cómo puedo yo trabajar en lo que trabajo?… y bueno, no veo la contradicción. Cuando estuve en la política argentina fue defender a los más débiles contra los poderosos, tratar de que el mundo sea un poco más justo. Y yo no cambié. Lo sigo haciendo. Sigo creyendo en una sociedad más justa, más ecuánime, en el respeto a los derechos humanos. Y si no funcionara así, no podría hacer mi trabajo. Jamás podría hacerlo si fuera de otra manera. Acá no existe la corrupción. O, en todo caso, existe en niveles políticos de alto nivel. Si vos tratás de ofrecer una coima a un policía, te meten preso. Ni siquiera se hacen bromas de eso. Nadie se ríe de eso. Si te paran con el auto y vos le decís: oficial, cómo lo podemos arreglar? El tipo ni te entiende.

-A eso se llega seguramente después de fuertes políticas estatales…

-Venimos de historias diferentes. Acá venimos de la historia de un país establecido en un clima inhóspito, que obliga a la gente a colaborar para sobrevivir, con distancias enormes, con mucho frío, mucha nieve, con una cultura donde si no colaborás simplemente te morís. Un país de tradición iluminista a la que este país se aferró mucho. El rey Gustavo III fue el rey iluminista que trajo las ideas de la revolución francesa a Suecia, tuvo una gran influencia en la cultura. Lo asesinaron por traer esas ideas pero las ideas quedaron. Como dice León Gieco en Hombres de hierro: “los pensamientos quedarán”. Argentina tiene otra historia, otro desarrollo y otros vecinos, en el sentido de ser el patio trasero de Estados Unidos. Suecia no tuvo esa mala suerte.

-Muchas veces se dice que uno, cuando deja el propio país y se radica en otro, ya no es del todo de ninguno de los dos. Ni del que quedó atrás, ni del que adoptó. ¿Cómo ha sido para vos?

-Yo soy judío. Y nosotros hemos tenido la experiencia de tener que movernos. Mis ancentros vienen de Rusia, de Ucrania -que en esa época era todo uno- y se tuvieron que ir. Y a los que quedaron, los mataron. Nadie sobrevivió a los nazis. Yo siempre crecí con la idea de que uno vive en una sociedad de acuerdo a las posibilidades que uno tiene pero no necesariamente va a estar ahí toda la vida. Medio en serio y medio en joda, nunca sabés cuándo llega el próximo pogrom. Yo siempre viví con esa idea. Uno tiene que tratar de hacer lo mejor que pueda para el lugar en el que está. Hay una noción en el judaísmo que se llama tikun olam, que significa reparar el mundo. Entonces está basado en las cosas que uno hace y no en las cosas que uno cree. El judaísmo no te pide que seas creyente sino que hagas las cosas para corregir el mundo. Y bueno… yo traté de corregir Argentina y así me fue: estuve 7 años en cana. Después estuve en Israel y también traté de corregir haciéndome miembro del Movimiento por la paz, toqué rock pero no aguantaba el estrés de estar en un país que estaba todo el tiempo en guerra. Era parte de un conjunto de rock muy conocido pero la mitad del tiempo alguien del grupo estaba en el ejército combatiendo en algún lugar. No aguanté más la presión y mi mujer y yo nos mudamos a Suecia, que desde el primer momento me pareció mi casa. Vi los bosques desde el avión y dije: “esto es mi lugar”. Tiene sus bemoles, como todo. Pero con el correr de los años uno se va transformando en una amalgama de cosas raras en donde tal vez hablo mejor el sueco que el español… tu pregunta era si uno finalmente llega a ser parte de esta sociedad y creo que sí, pero no al 100 %. Si yo uso el humor, hay mayores posibilidades de que una persona argentina entienda de qué me río que un sueco. Hay un humor especial en Argentina que tiene que ver con la ironía y hasta con un poco de crueldad. Por ejemplo, en Argentina se usan muchos sobrenombres basados en características salientes de una persona. El bocón Martínez, el panzón Fernández, el narigón Gómez. Acá sería impensable.

-Ni hablar de llamar “el Negro” a alguien…

-¡Claro! La Negra Sosa, el gran monumento nacional. Acá te meten preso.

El uso del poder

Eduardo Grutzky, durante un interrogatorio telefónico.

-Yendo a tu trabajo actual: pensaba que vos acá, como militante político luchabas por los más vulnerables. Y allá, en el área de delitos sexuales, trabajás con uno de esos delitos estrechamente ligados al uso del poder.

-Así es.

-¿Cómo se manejan las relaciones de poder en este tipo de delitos?

-He trabajado en los últimos años en la policía. Y al inicio fue en relación a delitos ligados a la violencia hacia mujeres y niños. Que acá se llama: violencia en relaciones cercanas. En Suecia hay un 25 por ciento de asesinatos de mujeres a hombres en los que, en muchas veces, hay alcohol o drogas de por medio pero también están esas mujeres que soportaron 20 ó 30 años y al final no aguantaron más. Y también he trabajado mucho y sobre lo que escribí varios libros que es la violencia de honor. Que es algo desconocido en Argentina. Que es una violencia que no necesariamente es contra mujeres y es de carácter colectivo. De todo un clan o una familia extendida, que puede llegar a incluir a 600 personas. La gran diferencia radica en que en la violencia contra una mujer, por ejemplo, si se encarcela a quien la agrede, mientras él esté preso, nadie la va a molestar. Pero en el caso de la violencia de honor tendría que poner presa a 600 personas. Porque pueden ser cientos los atacantes. Lo que todas estas cosas tienen en común es que se trata de personas que son objeto de que otra persona se apodere de ellos de una u otra forma. Y en el caso de los nenes, con quienes trabajo hoy en día, a través del engaño y la manipulación para utilizarlos con fines sexuales.

-¿Cómo son, en este caso, las metodologías de acercamiento a las víctimas?

-Los pedófilos son muy creativos. La vieja idea de que hay un profesor de educación física que trata de tocar a sus alumnos existe todavía pero la mayor parte de los crímenes de ese tipo se cometen a través de internet. Internet te da cierto grado de anonimato. Y cuánto más sofisticado sos y más destreza tenés, más anonimato conseguís. La mayor parte de los pedófilos son hombres y ellos se acercan a niños de todas las maneras posibles. Hay chicos de 6 ó 7 años jugando a Minecraft, que es un juego de bloques y se pueden comunicar con otro nene que está jugando. Y que tiene la misma edad y quiere hablar, que empiezan a hablar de cosas de interés común. Y hacen un trabajo de destreza mayor en la relación. Hasta que consiguen que el chico les mande fotos de sus partes íntimas. Si consiguen romper la barrera para que el chico haga algo de ese tipo, es muy difícil salir. Porque por lo general empiezan a chantajear a los niños. Y a decirle: si no me mandás más fotos, la primera que mandaste se la mando a tu papá. Es una mezcla de grooming, que es un proceso lento y manipulativo de seducción con amenazas. Donde vemos todas las etapas. Y es espeluznante. Ver las imágenes cuando atrapamos a un pedófilo y empezamos a abrir teléfonos y computadoras, es para vomitar.

-¿Cómo resguardás tu psiquis al trabajar todo el tiempo con ese tipo de imágenes?

-Yo no sabía cómo iba a reaccionar cuando viera el material que tengo que ver. Me considero una persona normal; salí de la cárcel con estrés postraumático como todo el mundo cuando sale de la tortura, el aislamiento en un sitio como ése. Deja sus secuelas. Tuve la suerte de vivir en un país en el que me ofrecieron tratamiento gratuito durante mucho tiempo y me considero una persona normal: tengo cuatro hijos, tres nietos, he tenido una cantidad respetable de relaciones con mujeres y también con hombres porque soy amplio como catre `e viuda. Y ahora hace 12 años que estoy con la misma mujer y no tengo desviaciones ideológicas ni por derecha ni por izquierda. Pero a pesar del trauma me considero una persona hasta más normal que otras que no pasaron el trauma que yo pasé. Pero no sabía cómo iba a reaccionar ante esto. Y al principio me daba miedo abrir la computadora. No hablamos de una película. Hablamos de que mi jefe me da un disco duro con 60 GB lleno de mierda del principio al fin. Pero no me afectó como imaginé. La pantalla de la computadora en la que trabajo está, a la derecha, cubierta con una película carísima que hace que sólo yo pueda ver lo que se ve en la pantalla. Porque si mirás apenas de costado se ve negro. Y eso no es porque estoy en un lugar en el que la información es confidencial. Porque acá todo es confidencial. Pero no querés que pase alguien que vea lo que estás mirando y quede traumatizada. Porque no todos trabajan con lo mismo.

-¿Qué fue lo que más te golpeó?

-A mí hasta ahora lo que más me impactó fue en relación a una nena de diez años. Era una serie de películas en la que esa nena que estaba siendo víctima de grooming por parte de un pedófilo y al principio no hay nada sexual. Le muestra su perrito, su hermano chiquito, su pieza, sus juguetes. Y en una película le muestra de repente cómo se pinta los labios. Y cuando la vi, me puse a llorar y me tuve que ir a mi casa. A pesar de toda la mierda que había visto, la destrucción y la violencia contra niños, la imagen de la nena pintándose los labios que fue el momento en que el pedófilo consiguió entrar en su cabeza.

-A partir de ahí todo podía ocurrir…

-Sí. En ese momento, fue eso lo que sentí. Y me tuve que ir a hablar con alguien. A mí todo esto me produce una gran compasión con la víctima y sinceramente un gran odio hacia los pedófilos. Entiendo que hay una cantidad de gente que es así porque fue abusada durante la niñez pero si te soy sincero, siento odio. Después de ver esa película especialmente, cuento los días para meterlo adentro. Y lo voy a lograr.

-Un pedófilo, un violador, ¿tienen vuelta?

-Pienso que los seres humanos son individuos y cada quien tiene su historia. Quien tiene un estilo de vida criminal y encontró ahí su identidad, por lo general no deja de cometer crímenes hasta que no le pasa algo muy terrible. En quienes cometen crímenes sexuales, hay cierta estadística que muestra que hay una tendencia a reincidir muy alta. El servicio penitenciario tenía una especie de tratamiento (bien entrecomillada la palabra) para la gente que había cometido delitos sexuales y lo anularon parcialmente porque quienes pasaban por ese programa cometían más crímenes cuando salían que antes. Hay una cierta desesperación para conseguir tratamientos pero no todo se puede tratar. Y la gente que tiene predilección sexual por los niños, se va a morir con eso. Hay mucha gente que la tiene pero que no hace nada en la realidad. Es un secreto que guardan dentro de sí. Saben que es moralmente incorrecto, que es ilegal y no hacen nada. Y hay una parte que consume pornografía infantil que en Argentina no está penalizado y acá sí. Porque para que haya pornografía infantil tienen que cometerse muchos crímenes. Hubo violaciones, por ejemplo. Y aunque lo único que hagas sea consumir un film, pasó, alguien lo filmó, ganó dinero y se produjeron un montón de crímenes.

-Hubo una larga cadena de producción previa…

-No me podés decir que sos un pedófilo inofensivo porque sólo mirás películas. Porque al mirar películas estás fomentando la industria que mata, viola y explota niños incluso en otros lugares del mundo para que vos puedas masturbarte mirando eso. Una de las cosas que en la legislación argentina no existe y nosotros aplicamos todo el tiempo es que la violación no necesita ser física. En el sentido de que el pedófilo no necesita encontrarse con un niño para violarlo sino que puede conseguir violar a niñas o niños a través de internet. Cuando consigue que, las niñas especialmente, se desnuden y hagan las cosas que le pide, si hay una forma de penetración, el pedófilo la instruye para hacerlo. Y acá es considerado violación como si ocurriera de manera física en el sentido de que las dos partes estén presentes en el mismo lugar y la condena es la misma. La explicación es muy simple: cuando ocurre una violación de manera tradicional, produce un trauma enorme pero la violación como hecho concreto terminó. Después habrá que procesarlo, hacer terapia de trauma, etcétera. Pero la violación virtual nunca termina. Porque el pedófilo va a estar muerto. La nena, también. Y la película de la violación todavía va a estar dando vueltas por internet. Quiere decir que es una violación eterna. Y por eso acá se la considera violación aunque las personas no se toquen.

El hambre de esta sociedad

-¿De qué manera se resguarda la infancia de este tipo de delitos?

-Yo no tengo una respuesta. Estuve hablando con mi nieto, que tiene 9 años. Le pregunté si sabía de qué trabajo. Me dijo que sí. Traté de explicarle que cuando juega a estos juegos hay algunos de los que están ahí jugando que aparecen como niños pero no lo son. Yo sé, me dijo. Espero que realmente lo sepa. Los niños entienden más de lo que uno cree. Pienso que, por un lado, no tenemos que dejarlos solos. No tenemos que darles instrumentos antes de que tengan la madurez para manejarlos. Y fundamentalmente explicarles. Cuando yo era chico en Azul me explicaban que si venía un tipo y me decía: “vení, vamos a entrar a este zaguán”, yo no tenía que entrar. Me enseñaban que un camión es peligroso. Que tengo que mirar para los dos lados cuando cruzo la calle. Mis padres me trataban de proteger de los peligros de esa época. Los peligros de esta época son diferentes. Tenés el camión, tenés el tipo que te puede meter en un zaguán pero también tenés una nena con pelo rubio en un juego que dice que tiene 11 años pero que en realidad es un viejo hijo de puta de 60. Y eso los chicos lo tienen que entender. Que hay que tener cuidado con los juegos. Y que no todos son lo que dicen que son. Hay que tener un diálogo. Los niños tienen derecho a una cierta autonomía. No podés estar todo el tiempo como un policía arriba de ellos a ver cómo hacen y cómo no. Pero de alguna manera hay que vigilarlos, controlarlos y comunicarse. Tener un diálogo continuo. El mundo de los juegos es de internet, que es apasionante y divertido. Pero hay que explicar los peligros que tiene y creo que hay que explicarlo de una manera bastante explícita.

-Que tiene un hilo finito que va desde la explicación explícita y que alerta a la generación de terror que lleve a la parálisis.

-No hay una respuesta unívoca. Es muy difícil de manejar. Hay alguna de esta gente que es muy sofisticada. Saben el lenguaje que utilizan los chicos. Los chicos escriben de una manera muy especial, rápida, con palabras modificadas y acortadas. Lo aprenden y suenan como si tuvieran 11 años.

-¿Cuál es el paso siguiente? ¿Del Minecraft a qué?

-Snapchat. Donde los mensajes desaparecen después de segundos. Y la misma aplicación tiene una cámara para sacar una foto o para filmar. Y es, a veces, muy difícil de recuperar. Son compañías multinacionales. Pero, en general, la vía es a través de estos juegos muy comunes, como Minecraft o Planet, que son populares, conocen a alguien y les proponen pasar a snapchat.

-¿Cuáles son las franjas de edad más habituales para este delito?

-Creo que hay una sobrerepresentación de prepúberes. Alrededor de los 9, 10, 11 años. La víctima más joven que yo tengo tiene en estos momentos 4 años. En su caso, por ser tan chico, el pedófilo no consiguió grandes cosas. Pero sí tratan. Y suelen llegar hasta los doce aproximadamente. Hay cierta curiosidad sexual. Y vivimos en una sociedad donde es muy importante que nos miren, que nos confirmen que existimos, a través de redes sociales. Y de repente tenés una persona que te idolatra, que todo lo que decís es un milagro, que sos linda, sexy, hermosa, que cantás, bailás o te movés muy bien. Que te alimenta el hambre que esta sociedad te genera.

Nostalgias

-¿Qué cosas extrañás de Argentina?

-Extraño el humor, la música –a pesar de que podés acceder a través de internet-, se extraña también la relación íntima con un idioma. Cuando hablo en castellano no tengo acento extranjero ni tampoco tengo acento extranjero en sueco. En hebreo, en cambio, abro la boca y me dicen ¿de qué lugar sos? Extraño el mate, no porque no pueda tomarlo pero tomar mate solo es más aburrido que chupar un clavo. El Azul que yo extraño, no existe más. Yo extraño Azul pero no está más. Aquellas casas hermosas que ya no son, en las que vivía tal o cual y están todos muertos. El país pasó mucho sufrimiento. Extraño a la gente porque tal vez es como decías. No dejás de ser lo que eras pero ya no lo sos totalmente. Y no llegás a ser un 100 por ciento del nuevo lugar. Al mismo tiempo, hay muy poca gente que es 100 por ciento algo. Yo ni sé las veces que me he mudado. Hay gente que vive toda su vida en la misma casa en la que nació y las admiro. Me gustaría vivir esa vida pero no es lo que me tocó. Hay algo que siempre te falta. Pero si yo te dijera que no soy sueco, te mentiría. Porque hace como 36 años que vivo en este país. Viví más años acá que en Argentina. Y cuando yo doy conferencias digo “nosotros los suecos”. Yo no me considero un inmigrante. Era un inmigrante hace 20 años. Pero hoy día es medio absurdo. He tenido roles de peso en la policía sueca, he tenido 45 personas a cargo, he escrito libros en sueco.

-¿Te sentís inmigrante?

-No tiene ningún sentido decir que soy un inmigrante. Lo fui. Y en un momento tenés que terminar de migrar. También te podría decir que siento nostalgia por la Suecia a la que yo llegué. Era una Suecia socialdemócrata con Olof Palme como primer ministro. Había cohesión social, una sensación de seguridad y protección de la sociedad que te generaba sentir que no estabas solo, que si te enfermabas te iban a atender lo mejor posible y con la mejor tecnología aunque no tuvieras un centavo. Todo eso fue empeorando. El sistema económico ha destruido gran parte de las cosas que eran buenas aunque no totalmente. Porque esto todavía es un país donde vino casi un millón de personas de Medio Oriente y no vienen acá de casualidad. Acá cada persona que llega tiene derecho a vivienda, dinero para comer, para aprender el sueco, acceder a la medicina. Y eso lo hace un país relativamente único pero era mejor cuando yo llegué.