Por Silvana Melo

Desde el infierno legendario de Natalia Mellmann. Donde la mataron los policías. Los cinco y apenas aparecieron tres. En el feroz  verano de Miramar cinco hombres comunes, de alojamientos sociales, jóvenes y deportistas, plantaron bandera en el cuerpo de una niña de catorce. La invadieron, la saquearon, la ocuparon. Apenas bajado el año del tren. Y no la pudo ver, el año incipiente. Recién la encontró su familia porque ni la policía la vio. La encontraron casi sin conciencia, avasallada. Vuelta propiedad de los piratas. En sus manos. Con las complicidades del  poder con el  poder.

Cinco predadores salieron de caza. En tiempos como nunca de luz sobre las  caras, de verdad a gritos sobre los cristales. De fin del silencio que hace siglos dejó de ser salud. Y ahora no hay mordaza, no hay más.

Cinco predadores salieron de caza y la presa no estaba lejos. Estaba ahí no más, a metros de la vacación, a centímetros del final del año, a pasos de las doce, en la vecindad del camping. Niña, de catorce, desguarnecida ante el ataque que vino de repente, una presa para cinco predadores.

Ellos salieron de caza en tiempos complicados para las fieras. Porque las víctimas ya no callan. Gritan a gritos. Resurgen del infierno, destruidas, en  sangre, con la carne viva. Y hablan.

Cinco predadores en manada contra la corriente. Propietarios del poder y de los cuerpos. Decididos a pelear el espacio de conquista que no abandonarán así no más. Dispuestos a demostrar a sus pares lo que puede la masculinidad como herramienta de dominación. Que nada está perdido. Que el poder sigue estando en el mismo lugar, en la determinación fálica y en la soberanía del patrimonio.

Cinco predadores se apoderaron de una presa pequeña, le clavaron los colmillos en la yugular de su intimidad, le saquearon el cuerpo, le devastaron la tierra de su identidad. Una piba baldía, depositada en el infierno en los primeros instantes de un año que será un monte de Sísifo. Que ella remontará como pueda, subiendo eternamente la piedra que caerá. También eternamente.

Cinco predadores surfers, músicos, rugbiers. Fieras que no llegan del lumpenaje villero. Sino de los barrios brillantes de una ciudad de legendaria y falaz felicidad. Cazadores de los que cuelgan cabezas en los vestíbulos. Las muestran a sus pares. Y se regodean de su poder y de su propiedad.

Cinco  cazadores vistos  por sus pares –amigos, compañeros, compinches, maestros, padres, hermanos- como buenas personas y mejores vecinos.

Cinco cazadores rodeados de cómplices y de pares dispuestos a ayudar en instantes en que tambalea la escrituración ancestral de los cuerpos y el poder de  pertenencia.

El subcomisario Andrés Caballero, cabeza de la policía comunal de Miramar, no obedeció a la fiscal: no preservó la escena de la violación, no secuestró elementos fundamentales, no trasladó a los detenidos para someterlos a pericias médicas inmediatas. Pero no es sólo él. Se investiga a varios policías por la relación con uno de los acusados.

Las instituciones están contaminadas por la sangre  de las  presas y las feromonas de los predadores.

Diecisiete años atrás cinco policías, cinco bestias devastadoras, secuestraron a Natalia Mellmann. Era el verano 2001 / 2002. Su martirio sigue hasta hoy. Cuando su cuerpo estragado tuvo adn de cinco pero sólo aparecieron tres. Y la justicia quedó tan lejos como el candor de los veranos de Miramar.

Las instituciones y los medios de comunicación están plagados de complicidades. Puestos a tomar partido por el espacio donde hay que pararse. El lado del poder. El lado de los propietarios. El lado A de este mundo donde las víctimas están condenadas al container y a la bolsa negra. Al exilio y al baldío. Y a  las cabezas  exhibidas en los vestíbulos del maridaje perfecto entre capital y patriarcado.

El diario Clarín comenzó su crónica. “Botellas de fernet y alcohol por todos lados. Una carpa del horror. Descontrol. Una chica de 14 años que no debió estar allí, sino con sus padres y su hermano festejando el año nuevo, en otra carpa”. Pariente cercano, la crónica de  Clarín, de  aquella que el mismo diario celebró en 2014. Cuando desapareció Melina Romero y el  perfil redondeado era miserable. “Una fanática de los boliches que abandonó la secundaria”, era el título. Melina apareció  asesinada días después, a la vera de un  arroyo, dentro de  una bolsa con  piedras.

Clarín sigue dando clases sobre el periodismo que no se debe hacer.

Las víctimas  siguen siendo culpables en el mundo de los predadores. Las  chicas suelen ingresar alegremente en las bocas de los lobos. Y disfrutar del desgarro que da placer a las fieras. Devoran por dominio. Mastican por sumisión. Aunque ya el sistema esté  perdiendo tantos  dientes que las mujeres y las niñas empiezan a escaparse por las ranuras. Un  día los incisivos dejarán de  serlo. Y arderán todos los suelos donde el  poder se para.